domingo, 7 de junio de 2026

30 años entre aulas, libros y bibliotecas

 Treinta Años entre Aulas, Libros y Bibliotecas

Hay una célebre cita atribuida a Jorge Luis Borges que afirma: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Al contemplar hoy el horizonte de mis treinta años de trayectoria dentro de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, descubro con profunda emoción que esas palabras resuenan en lo más íntimo de mi ser. Mi viaje no es solo el recuento de un ejercicio profesional; es, en esencia, una historia circular que une mis raíces, mis pasiones y mi destino. Comprendo con perfecta lucidez que lo que soy en este momento es la suma voluntaria e involuntaria de todas las formas de aprendizaje y maestros que la vida ha tenido a bien otorgarme.
Las Primeras Letras y el Refugio de la Memoria
Mis primeras letras las aprendí en la Escuela Primaria David G. Berlanga, conocida entrañablemente como “La Tipo”. Recién descifrado el misterio del alfabeto y de las diversas maneras para construir las palabras, sentí, casi de inmediato, el impulso vital de leer al mundo y devorar cuanto material escrito cayera en mis manos, deslumbrado por el poder mágico de la palabra y la imaginación que abrían infinitas rutas ante la travesía de mi infancia. Tanto fue mi gusto y esfuerzo, que mi lectura en voz alta era causa de sorpresa y orgullo para mi maestra Rosita Quiróz, quien me llevó, como premio para mostrar mis habilidades, frente a los niños gigantes de quinto grado, a los cuales, les pasaron desapercibidos mis 15 minutos de gloria como pequeño lector.
Se dice, con mucha razón y justicia, que uno recuerda a los profesores que de algún modo nos impactaron en nuestra vida. En mi caso fue así, ya que puedo recuperar con calidez y nostalgia los nombres y enseñanzas de mis profesoras de primaria Rosita Quiróz, Alicia Cardiel y Erendira Quiróz, quienes cumplieron su función docente con la pasión y vocación que hoy se echa mucho de menos. Pero de igual importancia en mi relación con las letras y los libros, ha sido, sin duda, la veta docente que proviene de la raíz familiar.
Provengo de una familia donde la vocación pedagógica ha sido un faro por generaciones. Por el lado paterno, mis tíos, los profesores Jesús y Vicente Morales, fueron verdaderas instituciones educativas en la Morelia de la segunda mitad del siglo XX. Aunque no me tocó recibir sus enseñanzas dentro de las aulas —donde uno brillaba en matemáticas y el otro en español—, heredé sus profundas lecciones de orden y disciplina. Mis mañanas y fines de semana transcurrieron habitando los patios y jardines de las escuelas “Hijos del Ejército” y “Rector Miguel Hidalgo”, escenarios de mis afectos primarios. Asimismo, el ejemplo incansable de mi hermana, maestra por más de treinta años en entornos rurales, urbanos y vulnerables —quien además extendió su propio horizonte estudiando en la Facultad de Derecho—, me ha mostrado el rostro del compromiso absoluto con el porvenir de los alumnos.
En el centro de esta constelación familiar siempre está presente la figura de mi padre, Antonio Morales Zavala, el "Profe Toñito". Mi padre fue empleado y profesor de nuestra Casa de Estudios. Según consta en el libro Iconografía Universitaria. 1917-2017, coordinado por el Dr. Napoleón Guzmán, en 1938 se desempeñaba como "catalografista", al mismo tiempo que participaba como miembro fundador del Sindicato de Empleados de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (SEUM). Más tarde, su amor por el atletismo lo llevó a ejercer como profesor y entrenador de Educación Física en la universidad hasta 1978, año en que se jubiló tras cincuenta años de labor ininterrumpida. De él aprendí el sutil arte de enseñar a través de un equilibrio perfecto entre exigencia, compromiso y empatía. Su pasión fue tal que continuó dando clases en escuelas primarias hasta su fallecimiento en 1990, siempre convencido de que si se retiraba de la enseñanza, la vida misma se le apagaría más pronto. Sentencia casi profética, pues aunque no se había retirado del todo, su luz se apagó todavía estando en servicio, cuando a pesar de sus últimos sobresaltos de salud, le habían puesto a considerar un próximo retiro.
El Laberinto de los Libros y el Despertar Vocacional
La primera biblioteca formal que conocí llegó a mi vida más por accidente y distracción que por premeditada curiosidad. Siendo un niño de siete u ocho años, solía acompañar a mi padre a las oficinas del instituto del deporte estatal ubicadas en la segunda planta del Palacio Clavijero. Cansado de hacer avioncitos de papel y correr por los pasillos, una tarde tuve el atrevimiento de cruzar la calle Nigromante e ingresar al primer patio del Colegio de San Nicolás.
Allí, una elegante y solícita bibliotecaria, quien además conocía a mi padre por ser colegas universitarios, detuvo mi andar errante y me prometió un lugar donde jamás volvería a aburrirme. Fue entonces que me condujo al segundo piso de ese histórico edificio y me abrió las puertas de un universo fascinante. Fue en ese bendito espacio nicolaita donde autores como Andersen, Salgari y Perrault se volvieron mis compañeros habituales de travesías vespertinas.
Años más tarde, a los trece años, la lectura se transformaría en mi tabla de salvación frente a un momento difícil al cual yo mismo me dirigí por mi soberbia e inexperiencia: tras haber reprobado el segundo año de secundaria, recibí como castigo la prohibición absoluta de salir de casa. Fue durante ese año sabático, en el aislamiento de mi habitación, que devoré los seis tomos del Atlas Enciclopédico y los doce tomos de la Gran Colección de la Literatura Mexicana editados por Promexa. Esas lecturas íntimas, que abarcaban desde las voces prehispánicas hasta las contemporáneas, definieron de manera inconsciente, pero definitiva, mi vocación por las humanidades.
Cuando el castigo cesó, la Biblioteca del Planetario se convirtió en el escenario de mi educación sentimental; acudía a resolver las tareas escolares, pero me regocijaba perdiéndome en los pasillos de la literatura hasta que los ojos me dolían de tanto explorar géneros y autores. Fue en esa época cuando empecé a destinar mis escasos ahorros para comprar mis propios ejemplares, dando origen a lo que ahora denomino de manera elegante mi biblioteca personal.
A mi ingreso formal al Colegio de San Nicolás en 1986, opté inicialmente por el área de Ingeniería y Arquitectura por influencia de mis amigos. Sin embargo, mi destino humanista ya estaba trazado. En las aulas de bachillerato, recibí las clases magistrales del Dr. Xavier Tavera Alfaro, profesor de Historia de México y Cronista de la Ciudad. Su rigurosa exigencia —verdadero filtro y temor de nuestra generación— era directamente proporcional a la erudición, claridad y genialidad de sus clases. Al terminar el bachillerato, sabiendo que mi vida debía estar ligada a los libros y a la enseñanza, me tomé otro par de años sabáticos de exploración en las aulas de informática de una institución privada y en los salones del Conservatorio de las Rosas, antes de ingresar a la Licenciatura en Historia, cursar la carrera, y, posteriormente, incorporarme a la docencia universitaria.
La Docencia y el Retorno Circular a las Bibliotecas
Para quienes nos dedicamos a las humanidades, la biblioteca no es un simple depósito de papel; es nuestro motor, nuestro laboratorio vivo para la generación de ideas que expliquen el acontecer humano. Mi primera oportunidad profesional al egresar de la licenciatura fue como profesor de preparatoria hace ya tres décadas. Desde entonces, he permanecido indisolublemente vinculado a las aulas y las bibliotecas con la firme convicción de que la enseñanza es un acto de entrega y dedicación absoluta. En un momento determinado de mi trabajo profesional, se me solicitó coordinar la Biblioteca de la Facultad de Historia para que se certificara, objetivo que se logró gracias al tremendo equipo de trabajo y amigos con los que conté para cumplir con el objetivo. El dirigir ese trabajo me permitió vincularme de manera más directa con el sistema bibliotecario de mi Universidad y conocer de manera inicial la complejidad de sus servicios, procesos y plataformas para su óptima operación.
En 2023, por azares del destino y de mi buena fortuna, fui invitado a colaborar en la Subdirección Técnica de la Dirección de Bibliotecas de mi universidad. Tremenda experiencia de aprendizaje, compromiso, dedicación y de mucho trabajo, pero que agradezco enormemente. En este espacio he tenido la inmensa fortuna de coincidir con un extraordinario equipo de profesionales y personas de un altísimo valor humano que caminan a mi lado tanto en calidad de colegas así como de entrañables amigos. Ocupar esta responsabilidad me ha llevado a regresar, de alguna manera, a mis orígenes familiares más profundos. Al poco tiempo de incorporarme al equipo de trabajo del sistema bibliotecario, fue cuando descubrí de manera fortuita, que mi padre había comenzado su propio andar universitario en este mismo espacio hacía casi 50 años desempeñándose como bibliotecario y catalografista en la Biblioteca Pública Universitaria, en el centro de la ciudad. Las vueltas que da la vida. El centro de la ciudad, patio de mis juegos infantiles, de mi descubrimiento de las letras, de las bibliotecas y de los libros, ahora me unía nuevamente a la memoria de mi padre. En el centro de la ciudad nací, he estudiado, he crecido, he trabajado y he ido envejeciendo.
El círculo se ha cerrado perfectamente sobre el mismo eje: el amor por los libros, por la lectura y por custodiar el saber. Mi padre laboró cincuenta años para esta Casa de Estudios; yo celebro hoy mis treinta años con la certeza de que aún queda mucho camino por andar y mucha luz que compartir bajo estos techos colmados de sabiduría.
Entiendo a la perfección el sentido paradisíaco que Borges le otorgaba a estos recintos del espíritu. Mi devoción por este universo se resume con fidelidad en aquella melancólica confesión de Juan José Arreola: “No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla”.
Al conmemorar estas tres décadas dedicadas a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, hago mías las palabras del Dr. Ignacio Chávez: ”llego a este momento con todas mis limitaciones como hombre, pero pronto a entregarlo todo, lo que soy y lo que he sido, lo que formó mi vida hasta hoy”. Todo eso, que es poco, pero que es todo para mí, se los debo a mis profesores y siempre lo he querido poner al servicio de mis alumnos. Hoy expreso mi más profundo agradecimiento a mis maestros, a los que me formaron en casa, a mis alumnos, muchos de ellos, destacados profesionales del área de historia y a todos mis colegas y amigos del área de bibliotecas que enriquecen día con día esta maravillosa e inacabable historia circular en la que felizmente me encuentro y me reconozco.
José Manuel Morales Palomares. Mayo de 2026














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