viernes, 23 de octubre de 2026

La pirámide de San Felipe

 SITIO ARQUEOLÓGICO DE SAN FELIPE DE LOS ALZATI

El enclave geográfico y la altura de la pirámide, aunque ubicada en la tenencia de San Felipe de los Alzati (municipio de Zitácuaro, Mich) ésta se puede observar desde varias tenencias y poblados aledaños, como Zirahuato y Puentecillas. Este último sitio, fue el lugar de llegada y residencia definitiva de mis abuelos maternos, quienes provenían de Huaniqueo de Morales, buscando el pan y el sustento, primero migraron a Morelia y posteriormente se asentaron en Puentecillas. Desde la casa de mis abuelos, todas las mañanas podía observar "La pirámide", sin saber a ciencia cierta qué era una pirámide y por quiénes fue construida, razón que dio motivo a un sinfín de leyendas e historias fantásticas que compartíamos con mis primos, radicados ahí. Quizá fue que viendo "La pirámide" todas las mañanas que despertaba en la casa mis abuelos, fue que años más tarde mi vocación profesional se iría por el camino del estudio y del conocimiento sobre el pasado. Así que como el Dr. Atl reclamó su derecho de propiedad sobre el Volcán Paricutín, yo reclamo la propiedad sentimental sobre el sitio arqueológico de San Felipe de los Alzati.






jueves, 22 de octubre de 2026

CARTA A LA HIJA DEL DUEÑO DE LA LIBRERÍA DE RECIFE

 Como parte de una actividad obligatoria de un Diplomado que curso en el Fondo de Cultura Económica, me tocó escribir una carta. Sí, ese género que ya desapareció o que resiste sus últimos días. Así, me dí a la tarea de resolver mi tarea, redacté una carta, a partir de la lectura del cuento "Felicidad clandestina" de la escritora brasileña "Clarice Lispector, texto que está publicado en muchos sitios en el mundo digital del internet. Eso le dará contexto a las líneas que yo escribí, cuando estoy enmedio de una etapa a de cierre de proyectos, actualización de plataformas de entrega-recepción, evaluaciones y auditorías.

Leer siempre me ha lanzado un salvavidas para estos momentos de aceleración del tiempo, pedirme que escribiera, me obligó a reducir la velocidad y las prisas que el mundo exige.
La imagen que encontré en redes fue elaborada por Dalia Awad una joven ilustradora egipcia
CARTA A LA HIJA DEL DUEÑO DE LA LIBRERÍA DE RECIFE:
Hola:
Te sorprenderá que te escriba, sobre todo después del castigo que te impuso tu mamá al descubrir las trampas y engaños que inventabas para no prestarme el libro que tanto me ilusionaba leer.
No es fácil para mi hablar contigo después de lo sucedido, pero creo que tengo que escribirte esto, para poder poner en claro todas las emociones por las que he atravesado a raíz de esta mala actitud tuya para con quienes se supone somos tus amigas.
Cuando nos dijiste que ya había llegado el libro de Naricita al negocio de tu papá, me emocioné muchísimo, pensando en que pronto lo tendría en mis manos y podría disfrutar de su lectura. Pero no, cada vez que pasaba a tu casa a preguntar por él, por alguna extraña razón seguía prestado y simplemente no encontraba yo forma alguna para que esa prolongada espera no hiciera crecer aún más esa tristeza cada vez que preguntaba por el libro y me contestabas que aún no me lo podías prestar. Y digo tristeza por no decir que también sentía envidia y enojo. Envidia por que tu papá tenía una librería y que tú tuvieras a tu disposición todos los libros que quisieras y pudieras leer. Enojo, porque a pesar de ello, se notaba que leer no era una actividad que te gustara mucho. ¡Qué frustración la mía! Pero ni modo, la vida es así de injusta.
Así, que mientras iba a tu casa siempre con la esperanza de por fin dar satisfacción a mi necesidad como lectora, siempre encontrabas una excusa o manera para darme en la torre y simplemente no prestarme el libro objeto de mis deseos. Por eso, cuando tu mamá descubrió esa maldad que ejercías contra mí, primero me sorprendí y por momentos llegué a sentir culpa de lo que te obligó hacer para reparar tu falta. Pero al paso de los días, esa culpa comenzó por borrarse y debo confesarte que ya casi desapareció por completo. Ahora, serena y calmada, pienso que era lo mínimo que te podía pasar por ser tan mala conmigo.
Ahora abrazo y leo el libro, con calma, todos los días, con la idea de que entre más tiempo pase conmigo, eso ayudará a borrar de ti, todo rastro de egoísmo y mala leche que tuviste hacía mí.
Así, que te informo que ni te creas que pronto te devolveré pronto el libro, el cual me gusta y disfruto cada día más. Es más, estoy considerando, que por bien tuyo, lo mejor que puede suceder es que yo me quede con él para siempre.
En resumen, tengo el libro y soy feliz por ello.
Te quiero mucho
Tu amiga



lunes, 31 de agosto de 2026

Crónica de un viaje que casi no fue. Primera Parte

Sí, el título es raro. Lo sé. Así fue el viaje que por poco no era. Reza el dicho, que lo que mal comienza, termina peor. Pero no fue tan así como para el peso dramático que contiene toda la oración anterior. Pero sí, más peripecias que el propio Odiseo en los versos de Homero ( ¿Simpson? ) o el de Christopher Nolan.

La invitación había sido hecha semanas antes, por lo menos dos. Mi falta de capacidad de pensar primero los compromisos y sopesar las cosas fue más que evidentes. Dije que sí cuando en el fondo quería contestar: lo voy a pensar.
Iría a la Ciudad de México a acompañar a mi hermana a recibir el Diploma que certificaba la culminación de su Seminario Aquí tú cuentas. Generación XXV del programa Universo de Letras de la UNAM. Faltaban dos semanas, nada tenía agendado, hasta que, precisamente, un día anterior al viaje, mi Directora me informó:
- Mañana tenemos una visita que solicita el Ayuntamiento de Morelia. Ya sé que no vas a estar. Apóyame con la guía que ya tienes para estos compromisos.
Profesional que soy y, responsable (léase bien: responsable) me dí a la tarea de mandarle cuanto material había acumulado sobre el asunto. Yo nunca había hecho una guía para atender esas solicitudes y creo que no lo haré, no está en mí ser tan organizado en mis lecturas y mis apuntes. Así, que ni tardo ni perezoso, mandé cuanto archivo encontraba en mi computadora sobre datos de la biblioteca, su acervo y las joyas bibliográficas que ahí se resguardan. Creo que en lugar de ayudarle, contribuí a su nerviosismo todo el fin de semana.
Con la sensación de haber cumplido la tarea y con el ánimo en calma me dispuse a “dormitar”, o más bien, a imaginar que dormía, a suplicar que Morfeo me llevara un rato por su barrio durante el par de horas que el insomnio me permite conciliar con mi yo interno y desconectarme por un rato del mundo y entrar en sintonía en la onda REM. 2 horas era mucha avaricia, como dicen hoy, así que sólo dormité una hora y desperté con 50 minutos de antelación a la primera de las alarmas que había programado. Eran las 2 de la mañana, la alarma era para las 2:50 y el autobús saldría a las 4. No estaba tan mal el asunto eso de despertar a tiempo, me consolé antes de meterme a bañar y disponerme al viaje.
Me apersoné en la Central a las 3:30… todo marchaba bien, mi hermana y sus dos hijas, las últimas coladas el viaje, estarían por llegar. Son las 3:40 y llamo para saber por dónde vienen. Me responde D: ¡nos quedamos dormidas! ¡Vamos para allá!
Tratando de mantener la calma en esas ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador, como dijo Joaquín Sabina, recorro los mostradores de las líneas de autobuses tratando de buscar alternativas que nos permitieran llegar a la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la UNAM a las 11 horas. Difícil ecuación, en donde una las incógnitas es el tráfico en la carretera y el ingreso a la gran ciudad. 3:58 idea de resignación: ya no fuimos. 3:59 me envían los boletos por WhatsApp. Interrogación inmediata: ¿creerán que me iré solo?. 4:06 descienden del transporte, mientras corremos a los andenes. Subimos al autobús, éste comienza a moverse, los pocos pasajeros que aún no terminan por acomodarse nos miran con resentimiento. 7 minutos de retraso puede ser mucho o nada, todo depende de qué lado de la alarma te encuentres ubicado, antes, o después.
Esta historia, continuará




domingo, 7 de junio de 2026

30 años entre aulas, libros y bibliotecas

 Treinta Años entre Aulas, Libros y Bibliotecas

Hay una célebre cita atribuida a Jorge Luis Borges que afirma: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”. Al contemplar hoy el horizonte de mis treinta años de trayectoria dentro de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, descubro con profunda emoción que esas palabras resuenan en lo más íntimo de mi ser. Mi viaje no es solo el recuento de un ejercicio profesional; es, en esencia, una historia circular que une mis raíces, mis pasiones y mi destino. Comprendo con perfecta lucidez que lo que soy en este momento es la suma voluntaria e involuntaria de todas las formas de aprendizaje y maestros que la vida ha tenido a bien otorgarme.
Las Primeras Letras y el Refugio de la Memoria
Mis primeras letras las aprendí en la Escuela Primaria David G. Berlanga, conocida entrañablemente como “La Tipo”. Recién descifrado el misterio del alfabeto y de las diversas maneras para construir las palabras, sentí, casi de inmediato, el impulso vital de leer al mundo y devorar cuanto material escrito cayera en mis manos, deslumbrado por el poder mágico de la palabra y la imaginación que abrían infinitas rutas ante la travesía de mi infancia. Tanto fue mi gusto y esfuerzo, que mi lectura en voz alta era causa de sorpresa y orgullo para mi maestra Rosita Quiróz, quien me llevó, como premio para mostrar mis habilidades, frente a los niños gigantes de quinto grado, a los cuales, les pasaron desapercibidos mis 15 minutos de gloria como pequeño lector.
Se dice, con mucha razón y justicia, que uno recuerda a los profesores que de algún modo nos impactaron en nuestra vida. En mi caso fue así, ya que puedo recuperar con calidez y nostalgia los nombres y enseñanzas de mis profesoras de primaria Rosita Quiróz, Alicia Cardiel y Erendira Quiróz, quienes cumplieron su función docente con la pasión y vocación que hoy se echa mucho de menos. Pero de igual importancia en mi relación con las letras y los libros, ha sido, sin duda, la veta docente que proviene de la raíz familiar.
Provengo de una familia donde la vocación pedagógica ha sido un faro por generaciones. Por el lado paterno, mis tíos, los profesores Jesús y Vicente Morales, fueron verdaderas instituciones educativas en la Morelia de la segunda mitad del siglo XX. Aunque no me tocó recibir sus enseñanzas dentro de las aulas —donde uno brillaba en matemáticas y el otro en español—, heredé sus profundas lecciones de orden y disciplina. Mis mañanas y fines de semana transcurrieron habitando los patios y jardines de las escuelas “Hijos del Ejército” y “Rector Miguel Hidalgo”, escenarios de mis afectos primarios. Asimismo, el ejemplo incansable de mi hermana, maestra por más de treinta años en entornos rurales, urbanos y vulnerables —quien además extendió su propio horizonte estudiando en la Facultad de Derecho—, me ha mostrado el rostro del compromiso absoluto con el porvenir de los alumnos.
En el centro de esta constelación familiar siempre está presente la figura de mi padre, Antonio Morales Zavala, el "Profe Toñito". Mi padre fue empleado y profesor de nuestra Casa de Estudios. Según consta en el libro Iconografía Universitaria. 1917-2017, coordinado por el Dr. Napoleón Guzmán, en 1938 se desempeñaba como "catalografista", al mismo tiempo que participaba como miembro fundador del Sindicato de Empleados de la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo (SEUM). Más tarde, su amor por el atletismo lo llevó a ejercer como profesor y entrenador de Educación Física en la universidad hasta 1978, año en que se jubiló tras cincuenta años de labor ininterrumpida. De él aprendí el sutil arte de enseñar a través de un equilibrio perfecto entre exigencia, compromiso y empatía. Su pasión fue tal que continuó dando clases en escuelas primarias hasta su fallecimiento en 1990, siempre convencido de que si se retiraba de la enseñanza, la vida misma se le apagaría más pronto. Sentencia casi profética, pues aunque no se había retirado del todo, su luz se apagó todavía estando en servicio, cuando a pesar de sus últimos sobresaltos de salud, le habían puesto a considerar un próximo retiro.
El Laberinto de los Libros y el Despertar Vocacional
La primera biblioteca formal que conocí llegó a mi vida más por accidente y distracción que por premeditada curiosidad. Siendo un niño de siete u ocho años, solía acompañar a mi padre a las oficinas del instituto del deporte estatal ubicadas en la segunda planta del Palacio Clavijero. Cansado de hacer avioncitos de papel y correr por los pasillos, una tarde tuve el atrevimiento de cruzar la calle Nigromante e ingresar al primer patio del Colegio de San Nicolás.
Allí, una elegante y solícita bibliotecaria, quien además conocía a mi padre por ser colegas universitarios, detuvo mi andar errante y me prometió un lugar donde jamás volvería a aburrirme. Fue entonces que me condujo al segundo piso de ese histórico edificio y me abrió las puertas de un universo fascinante. Fue en ese bendito espacio nicolaita donde autores como Andersen, Salgari y Perrault se volvieron mis compañeros habituales de travesías vespertinas.
Años más tarde, a los trece años, la lectura se transformaría en mi tabla de salvación frente a un momento difícil al cual yo mismo me dirigí por mi soberbia e inexperiencia: tras haber reprobado el segundo año de secundaria, recibí como castigo la prohibición absoluta de salir de casa. Fue durante ese año sabático, en el aislamiento de mi habitación, que devoré los seis tomos del Atlas Enciclopédico y los doce tomos de la Gran Colección de la Literatura Mexicana editados por Promexa. Esas lecturas íntimas, que abarcaban desde las voces prehispánicas hasta las contemporáneas, definieron de manera inconsciente, pero definitiva, mi vocación por las humanidades.
Cuando el castigo cesó, la Biblioteca del Planetario se convirtió en el escenario de mi educación sentimental; acudía a resolver las tareas escolares, pero me regocijaba perdiéndome en los pasillos de la literatura hasta que los ojos me dolían de tanto explorar géneros y autores. Fue en esa época cuando empecé a destinar mis escasos ahorros para comprar mis propios ejemplares, dando origen a lo que ahora denomino de manera elegante mi biblioteca personal.
A mi ingreso formal al Colegio de San Nicolás en 1986, opté inicialmente por el área de Ingeniería y Arquitectura por influencia de mis amigos. Sin embargo, mi destino humanista ya estaba trazado. En las aulas de bachillerato, recibí las clases magistrales del Dr. Xavier Tavera Alfaro, profesor de Historia de México y Cronista de la Ciudad. Su rigurosa exigencia —verdadero filtro y temor de nuestra generación— era directamente proporcional a la erudición, claridad y genialidad de sus clases. Al terminar el bachillerato, sabiendo que mi vida debía estar ligada a los libros y a la enseñanza, me tomé otro par de años sabáticos de exploración en las aulas de informática de una institución privada y en los salones del Conservatorio de las Rosas, antes de ingresar a la Licenciatura en Historia, cursar la carrera, y, posteriormente, incorporarme a la docencia universitaria.
La Docencia y el Retorno Circular a las Bibliotecas
Para quienes nos dedicamos a las humanidades, la biblioteca no es un simple depósito de papel; es nuestro motor, nuestro laboratorio vivo para la generación de ideas que expliquen el acontecer humano. Mi primera oportunidad profesional al egresar de la licenciatura fue como profesor de preparatoria hace ya tres décadas. Desde entonces, he permanecido indisolublemente vinculado a las aulas y las bibliotecas con la firme convicción de que la enseñanza es un acto de entrega y dedicación absoluta. En un momento determinado de mi trabajo profesional, se me solicitó coordinar la Biblioteca de la Facultad de Historia para que se certificara, objetivo que se logró gracias al tremendo equipo de trabajo y amigos con los que conté para cumplir con el objetivo. El dirigir ese trabajo me permitió vincularme de manera más directa con el sistema bibliotecario de mi Universidad y conocer de manera inicial la complejidad de sus servicios, procesos y plataformas para su óptima operación.
En 2023, por azares del destino y de mi buena fortuna, fui invitado a colaborar en la Subdirección Técnica de la Dirección de Bibliotecas de mi universidad. Tremenda experiencia de aprendizaje, compromiso, dedicación y de mucho trabajo, pero que agradezco enormemente. En este espacio he tenido la inmensa fortuna de coincidir con un extraordinario equipo de profesionales y personas de un altísimo valor humano que caminan a mi lado tanto en calidad de colegas así como de entrañables amigos. Ocupar esta responsabilidad me ha llevado a regresar, de alguna manera, a mis orígenes familiares más profundos. Al poco tiempo de incorporarme al equipo de trabajo del sistema bibliotecario, fue cuando descubrí de manera fortuita, que mi padre había comenzado su propio andar universitario en este mismo espacio hacía casi 50 años desempeñándose como bibliotecario y catalografista en la Biblioteca Pública Universitaria, en el centro de la ciudad. Las vueltas que da la vida. El centro de la ciudad, patio de mis juegos infantiles, de mi descubrimiento de las letras, de las bibliotecas y de los libros, ahora me unía nuevamente a la memoria de mi padre. En el centro de la ciudad nací, he estudiado, he crecido, he trabajado y he ido envejeciendo.
El círculo se ha cerrado perfectamente sobre el mismo eje: el amor por los libros, por la lectura y por custodiar el saber. Mi padre laboró cincuenta años para esta Casa de Estudios; yo celebro hoy mis treinta años con la certeza de que aún queda mucho camino por andar y mucha luz que compartir bajo estos techos colmados de sabiduría.
Entiendo a la perfección el sentido paradisíaco que Borges le otorgaba a estos recintos del espíritu. Mi devoción por este universo se resume con fidelidad en aquella melancólica confesión de Juan José Arreola: “No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla”.
Al conmemorar estas tres décadas dedicadas a la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, hago mías las palabras del Dr. Ignacio Chávez: ”llego a este momento con todas mis limitaciones como hombre, pero pronto a entregarlo todo, lo que soy y lo que he sido, lo que formó mi vida hasta hoy”. Todo eso, que es poco, pero que es todo para mí, se los debo a mis profesores y siempre lo he querido poner al servicio de mis alumnos. Hoy expreso mi más profundo agradecimiento a mis maestros, a los que me formaron en casa, a mis alumnos, muchos de ellos, destacados profesionales del área de historia y a todos mis colegas y amigos del área de bibliotecas que enriquecen día con día esta maravillosa e inacabable historia circular en la que felizmente me encuentro y me reconozco.
José Manuel Morales Palomares. Mayo de 2026