Como parte de una actividad obligatoria de un Diplomado que curso en el Fondo de Cultura Económica, me tocó escribir una carta. Sí, ese género que ya desapareció o que resiste sus últimos días. Así, me dí a la tarea de resolver mi tarea, redacté una carta, a partir de la lectura del cuento "Felicidad clandestina" de la escritora brasileña "Clarice Lispector, texto que está publicado en muchos sitios en el mundo digital del internet. Eso le dará contexto a las líneas que yo escribí, cuando estoy enmedio de una etapa a de cierre de proyectos, actualización de plataformas de entrega-recepción, evaluaciones y auditorías.
Leer siempre me ha lanzado un salvavidas para estos momentos de aceleración del tiempo, pedirme que escribiera, me obligó a reducir la velocidad y las prisas que el mundo exige.
La imagen que encontré en redes fue elaborada por Dalia Awad una joven ilustradora egipcia
CARTA A LA HIJA DEL DUEÑO DE LA LIBRERÍA DE RECIFE:
Te sorprenderá que te escriba, sobre todo después del castigo que te impuso tu mamá al descubrir las trampas y engaños que inventabas para no prestarme el libro que tanto me ilusionaba leer.
No es fácil para mi hablar contigo después de lo sucedido, pero creo que tengo que escribirte esto, para poder poner en claro todas las emociones por las que he atravesado a raíz de esta mala actitud tuya para con quienes se supone somos tus amigas.
Cuando nos dijiste que ya había llegado el libro de Naricita al negocio de tu papá, me emocioné muchísimo, pensando en que pronto lo tendría en mis manos y podría disfrutar de su lectura. Pero no, cada vez que pasaba a tu casa a preguntar por él, por alguna extraña razón seguía prestado y simplemente no encontraba yo forma alguna para que esa prolongada espera no hiciera crecer aún más esa tristeza cada vez que preguntaba por el libro y me contestabas que aún no me lo podías prestar. Y digo tristeza por no decir que también sentía envidia y enojo. Envidia por que tu papá tenía una librería y que tú tuvieras a tu disposición todos los libros que quisieras y pudieras leer. Enojo, porque a pesar de ello, se notaba que leer no era una actividad que te gustara mucho. ¡Qué frustración la mía! Pero ni modo, la vida es así de injusta.
Así, que mientras iba a tu casa siempre con la esperanza de por fin dar satisfacción a mi necesidad como lectora, siempre encontrabas una excusa o manera para darme en la torre y simplemente no prestarme el libro objeto de mis deseos. Por eso, cuando tu mamá descubrió esa maldad que ejercías contra mí, primero me sorprendí y por momentos llegué a sentir culpa de lo que te obligó hacer para reparar tu falta. Pero al paso de los días, esa culpa comenzó por borrarse y debo confesarte que ya casi desapareció por completo. Ahora, serena y calmada, pienso que era lo mínimo que te podía pasar por ser tan mala conmigo.
Ahora abrazo y leo el libro, con calma, todos los días, con la idea de que entre más tiempo pase conmigo, eso ayudará a borrar de ti, todo rastro de egoísmo y mala leche que tuviste hacía mí.
Así, que te informo que ni te creas que pronto te devolveré pronto el libro, el cual me gusta y disfruto cada día más. Es más, estoy considerando, que por bien tuyo, lo mejor que puede suceder es que yo me quede con él para siempre.
En resumen, tengo el libro y soy feliz por ello.