Sí, el título es raro. Lo sé. Así fue el viaje que por poco no era. Reza el dicho, que lo que mal comienza, termina peor. Pero no fue tan así como para el peso dramático que contiene toda la oración anterior. Pero sí, más peripecias que el propio Odiseo en los versos de Homero ( ¿Simpson? ) o el de Christopher Nolan.
La invitación había sido hecha semanas antes, por lo menos dos. Mi falta de capacidad de pensar primero los compromisos y sopesar las cosas fue más que evidentes. Dije que sí cuando en el fondo quería contestar: lo voy a pensar.
Iría a la Ciudad de México a acompañar a mi hermana a recibir el Diploma que certificaba la culminación de su Seminario Aquí tú cuentas. Generación XXV del programa Universo de Letras de la UNAM. Faltaban dos semanas, nada tenía agendado, hasta que, precisamente, un día anterior al viaje, mi Directora me informó:
- Mañana tenemos una visita que solicita el Ayuntamiento de Morelia. Ya sé que no vas a estar. Apóyame con la guía que ya tienes para estos compromisos.
Profesional que soy y, responsable (léase bien: responsable) me dí a la tarea de mandarle cuanto material había acumulado sobre el asunto. Yo nunca había hecho una guía para atender esas solicitudes y creo que no lo haré, no está en mí ser tan organizado en mis lecturas y mis apuntes. Así, que ni tardo ni perezoso, mandé cuanto archivo encontraba en mi computadora sobre datos de la biblioteca, su acervo y las joyas bibliográficas que ahí se resguardan. Creo que en lugar de ayudarle, contribuí a su nerviosismo todo el fin de semana.
Con la sensación de haber cumplido la tarea y con el ánimo en calma me dispuse a “dormitar”, o más bien, a imaginar que dormía, a suplicar que Morfeo me llevara un rato por su barrio durante el par de horas que el insomnio me permite conciliar con mi yo interno y desconectarme por un rato del mundo y entrar en sintonía en la onda REM. 2 horas era mucha avaricia, como dicen hoy, así que sólo dormité una hora y desperté con 50 minutos de antelación a la primera de las alarmas que había programado. Eran las 2 de la mañana, la alarma era para las 2:50 y el autobús saldría a las 4. No estaba tan mal el asunto eso de despertar a tiempo, me consolé antes de meterme a bañar y disponerme al viaje.
Me apersoné en la Central a las 3:30… todo marchaba bien, mi hermana y sus dos hijas, las últimas coladas el viaje, estarían por llegar. Son las 3:40 y llamo para saber por dónde vienen. Me responde D: ¡nos quedamos dormidas! ¡Vamos para allá!
Tratando de mantener la calma en esas ambiguas horas que mezclan al borracho y al madrugador, como dijo Joaquín Sabina, recorro los mostradores de las líneas de autobuses tratando de buscar alternativas que nos permitieran llegar a la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la UNAM a las 11 horas. Difícil ecuación, en donde una las incógnitas es el tráfico en la carretera y el ingreso a la gran ciudad. 3:58 idea de resignación: ya no fuimos. 3:59 me envían los boletos por WhatsApp. Interrogación inmediata: ¿creerán que me iré solo?. 4:06 descienden del transporte, mientras corremos a los andenes. Subimos al autobús, éste comienza a moverse, los pocos pasajeros que aún no terminan por acomodarse nos miran con resentimiento. 7 minutos de retraso puede ser mucho o nada, todo depende de qué lado de la alarma te encuentres ubicado, antes, o después.


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