martes, 29 de diciembre de 2020

Maderear


14 de diciembre de 2019

No sé cuántas veces he caminado la Avenida Madero. No sé cuántos kilómetros he ido acumulando en la infinidad de ocasiones que la he caminado en los tramos comprendidos en las calles dentro del llamado Centro Histórico. Si por algo me reconozco como nativo de esta ciudad, es por el hecho de haber “Madereado” muchas veces. Es una bitácora de mis pasos por esta ciudad, escrita sobre el cemento y las canteras rosas de sus calles, casas, templos edificios, y que está vinculada a la gran memoria colectiva que comparto con mi familia, mis amigos y miles de habitantes anónimos, en la que donde muchas páginas de nuestras historias particulares y comunes, han tenido como escenario las aceras, esquinas y rincones de esta gran vía que divide a la ciudad en sus hemisferios norte y sur, y que extiende sus, cada vez más largos, brazos de oriente a poniente, para formar el referente inicial de nuestra percepción espacial sobre la dimensión aproximada de la comunidad urbana a la que pertenecemos.

Ir al “Centro” o salir a “Maderear” es un llamado al hábito o a la costumbre, a una forma de ser y comportarse dentro de los espacios y lugares de la ciudad. Puede ser todo, o puede ser nada. Ir al “Centro” o “Maderear” es un viaje al establecimiento comercial tradicional, al trámite burocrático, al bullicio y caos vial de las escuelas de más antigüedad instaladas ahí, al tráfico, a la falta de estacionamiento, al sitio en donde tienes que elegir por dónde caminar: o por la acera donde el sol quema al mediodía, o por la acera de la sombra, en donde el agazapado frío te envuelve si te detienes más de lo necesario. Ir al “Centro” o “Maderear” es el grito del payaso, fronterizo entre el albur y los chistes malos, es el sonido de los danzantes en la plaza, el silbato inútil del oficial de tránsito, es la voz enérgica, ignorada y desgastada del predicador de plaza, frente al coro organizado y, cada vez más numeroso, de los vendedores ambulantes y su gran amplitud de ofertas, que como las flores de las plazas y jardines de la ciudad, renuevan y cambian su catálogo de productos, según sea la estación del año, la fiesta cívica, musical o religiosa que se esté desarrollando. Es el olor del café de los portales, del gazpacho, del esquite y vasolote, del churro de harina con azúcar, de los chicharrones con verduras y cueritos en vinagre y otros muchos olores de menor aprecio humano.

“Maderear” es un ambiguo referente geográfico, pero que al mismo tiempo es indispensable para los habitantes de esta ciudad en la configuración personal del mapa específico llamado matria, esa matria que tan bien nos explicó y enseñó el gran historiador michoacano Luis González y González y que se refiere a ese pequeño mundo que nos nutre, nos envuelve y nos cuida de los exabruptos patrióticos, a ese orbe minúsculo en el que nos sentimos amparados. Soy de aquí y me sé de esta ciudad, porque a pesar de que “Maderear” puede ser todo o nada, una travesía constante con imprecisos y cambiantes puntos de salida y de llegada, es siempre una referencia de encuentro.

¿Y entonces, qué? ¿Vamos a “Maderear” o te rajas?

Cerca de las vías


6 de diciembre de 2019

Hay varios tramos de mi vida que está vinculado con los ferrocarriles. Escarbando en el cajón de recuerdos, vienen a mí los viajes que realizamos en familia a la ciudad de Pátzcuaro en ese medio de transporte. La aventura comenzaba muy temprano: bañarse, alistarse y salir corriendo a la estación. Una vez superado ese reto, los planes entraban en una especie de letargo, ya que a pesar de que en el tablero de información, un rectángulo negro de plástico con letras blancas intercambiables, indicaba los horarios de llegada y salida de los distintas corridas, en los hechos sólo eran una referencia temporal aproximada, ya que pocas veces la máquina y sus vagones llegaban a tiempo, y cuando la espera era mucha, cada vez que uno se acercaba a la ventanilla para preguntar a qué hora llegaría el tren la respuesta siempre era la misma: “Salió a tiempo de su origen, de que llega, llega”.

Cuando esto sucedía, y una vez instalados en el vagón, un fuerte jalón y luego un suave y constante bamboleo eran la señal de que el viaje había comenzado. El itinerario incluía frecuentes paradas cortas para ascenso y descenso de pasajeros, además de una constante y variante oferta de alimentos y bebidas, según fuera la estación en la que estuviera uno detenido.

La velocidad y rapidez no eran los valores fundamentales de quienes abordábamos el tren, más bien era una especie de serena tranquilidad, o resignación,  de que el algún momento del viaje llegaríamos a nuestro destino. Como mejor lo dijo Juan José Arreola en su cuento “El Guardagujas”: «Este país es famoso por sus ferrocarriles, como usted sabe. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero se han hecho ya grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios y a la expedición de boletos. Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todas las poblaciones de la nación; se expenden boletos hasta para las aldeas más pequeñas y remotas. Falta solamente que los convoyes cumplan las indicaciones».

Sí, sólo era cosa de que los trenes cumplieran con las indicaciones, hecho que no ocurrió y el servicio de transporte de pasajeros en México fue cancelado en 1997, sobreviviendo sólo la ruta turística Chihuahua-Pacífico, que tiene sus referencias de inicio y fin en la capital de Chihuahua, cruza toda la sierra tarahumara, luego desciende y llega a las planicies de Los Mochis, en el estado de Sinaloa. Esta ruta la he realizado en dos ocasiones y recupero la nota de viaje que hice en referencia a ello:

«Es un viaje a las entrañas afectivas más profundas de mi memoria familiar. Hacía 35 años que mi padre nos trajo a estos alejados parajes del norte de nuestro país. Son más los sentimientos albergados que recuerdos ilustrados de ese primer viaje. Divisadero Barrancas, más que una ubicación geográfica específica en el mapa de Chihuahua, es una región bien clara de mi corazón individual y familiar y, El Chepe, más que un tren que se sabe de dónde parte y a dónde llega, sin certeza alguna del horario en que lo logra, es un vehículo que tras un largo periplo ha unido las dos estaciones fundamentales de mi vida: mi presente y mi pasado».

Finalmente, en otro apunte que encuentro entre mis notas, está el que hice con motivo de las prácticas profesionales que un familiar realizó en Canadá, en el 2008,  y que como única vía de transporte final para llegar hasta allá era el tren:

 «La tomó de la mano y llegaron juntos a la estación. Miraban y calculaban, al mismo tiempo la longitud de la vía. Sabían con exactitud cuál era el punto de partida, pero no el de llegada. Buscaron verse a los ojos, pero las lágrimas no les permitieron cumplir con el deseo. Una estación, una vía, el sonido de un silbato y la sombra de un tren cada vez más lejano fueron el marco de este abrupto despertar del sueño del amor. Al día siguiente, los diarios sólo informaron del clima. Lo cotidiano, convertido en infinitos copos de nieve, se impuso una vez más sobre la voluntad de sus ciudadanos. La vida sigue igual en Embrun, Canadá».

Al paso de los años, cada vez más cerca del destino final, entiendo, que como la canción de Fito & Los Fitipaldis: «Yo he crecido cerca de las vías y por eso sé que la tristeza y la alegría viajan en el mismo tren».

Galileo, el telescopio y los memes


30 de noviembre de 2019

Por recomendación de un amigo, compañero de aula en la Escuela de Historia, conocí la obra de teatro Vida de Galileo del escritor alemán Bertolt Brecht. Hasta ese momento, era un autor desconocido para mí, sobre todo porque en ese entonces, y hasta hoy, no es un género que me sea muy atractivo en su forma escrita, sino que más bien lo disfruto y entiendo mejor cuando se ejecuta la representación para la que fue elaborada el texto. Sin más referente que la recomendación literaria de mi compañero, alejada de debates ideológicos y significaciones políticas, me dí a la lectura de la obra en cuestión, sobre todo porque la vida y obra de este genio italiano me resulta muy interesante: versátil, controvertido y polémico, enfrentado a la Inquisición y su “retractación” ante ella.

Es un personaje que sintetiza en su propia biografía el cambio de paradigmas en las formas de hacer ciencia y que al paso de la historia, se convirtió en un referente indispensable para entender del método científico que se ha aplicado por más de tres siglos y también se le toma como el punto de partida para comprender el desarrollo moderno de la astronomía. La obra en cuestión es una larga reflexión sobre el gran valor que representa para la humanidad el cultivar el conocimiento y la búsqueda de la verdad a través del método científico, por encima de cualquier dogma, prejuicio o sistema de pensamiento y gobierno que traten de impedirlo.

Es claro que llevaba implícita una crítica al autoritarismo nazi que le tocó sufrir al escritor, puesto que la primera versión de su obra la realiza ya desde el exilio, en Dinamarca, en 1939. En el capítulo cuarto de la obra, los eruditos de la corte de Toscana, acompañados del mismo Duque, Cosme II de Medici, llegan a la casa de Galileo para observar y analizar el novedoso instrumento que había creado para observar de cerca a las estrellas y da cuenta de un intenso debate entre el inventor toscano y los argumentos que esgrimían un teólogo, un matemático y un filósofo sobre la utilidad de su máquina y los beneficios que de ella se desprendían para los habitantes del reino. Antes que la evidencia empírica, los sabios argumentaban citas biblícas y fórmulas aristotélicas para negar lo que sus ojos les estaban reportando, ante lo cual Galileo insistía en que confiaran más en su vista que en las autoridades a las que hacían referencia. En cierto momento de la discusión, Bertold Brecht pone en boca de Galileo la siguiente frase en su intento de convencer a sus interrogadores: “El padre de la verdad es el tiempo y no la autoridad. ¡Nuestra ignorancia es infinita, disminuyamos de ella tan siquiera un milímetro cúbico! ¿Por qué ahora ese afán de aparecer sabios cuando podríamos ser un poco menos tontos?”

Ahora, si aceptamos la idea optimista de que el desarrollo del conocimiento y la ciencia ha sido progresivo y ascendente y de que nuestros problemas comunes como sociedad están siendo superados, la pregunta que me llega en primera instancia es de ¿si entonces ya somos menos ignorantes o menos tontos, ni siquiera refiriéndome a la época de Galilei, sino respecto a los ochenta años que nos separan con la obra escrita por Brecht? 

Se dice que desde hace un par de décadas vivimos en la Sociedad de la Información y esto transformó no sólo las formas de acceder al conocimiento sino también cómo nos comunicamos. El desarrollo de las tecnologías de la comunicación ha generado la percepción de que el mundo se ha reducido, de que las fronteras entre países y culturas casi han desaparecido y que nuestra percepción del tiempo se modificó. 

Lo vertiginoso de la comunicación ha empujado a que los desarrolladores de la tecnología simplifiquen, ahorren y eficienticen al máximo las dimensiones espaciales y temporales de la vida humana. Tenemos al mundo en la palma de nuestra mano. Los smartphones se han convertido en nuestro telescopio contemporáneo para mirar, explicar y relacionarnos con el mundo. No hay excusa para la ignorancia hoy en día, entendida como la condición previa para emprender un camino hacia el conocimiento.

A dato no sabido, miramos la pantalla del celular y asunto resuelto. No importa quién lo publicó, quién lo dijo o quién lo hizo. Lo dice Google o Wikipedia y punto. El asunto de la autoridad se transformó. Galileo debatió contra los sabios de la corte que eran un filósofo, un matemático y un teólogo. Hoy en día, ya no es necesario. Hace pocas semanas conversaba sobre las maneras en que se habían modificado nuestras conversaciones cotidianas: ya no citamos autoridades, autores, filósofos o matemáticos. Nuestra condición contemporánea nos obliga a citar un meme para entendernos y comunicarnos mejor. ¿O no?.

Siendo las cosas así, hoy en día, en mi trabajo y en mis cosas, sólo busco ser menos tonto, que intentar pasar por sabio y, cada vez con más frecuencia, me sigo declarando ignorante en muchos tópicos de la vida.

Uno, los libros, la lectura y las bibliotecas



23 de Noviembre de 2019

Hay una cita muy célebre, atribuida a Jorge Luis Borges, que dice: “Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca”, y puede ser que tenga razón en ello. Las primeras letras las aprendí en la Escuela Primaria David G. Berlanga, “La Tipo”, y casi de inmediato me propuse leer al mundo y todo el material escrito que cayera en mis manos, pues el descubrimiento del poder mágico de la palabra y la imaginación abrían para mí numerosas rutas y experiencias para conocer la vida, en la cual apenas iba iniciando la travesía.

La primera biblioteca formal que conocí fue por accidente o distracción, más que por curiosidad. La oficina a la que se reportaba mi padre se ubicaba en la segunda planta del primer patio del Palacio Clavijero, cuando este recinto era ocupado por numerosas oficinas gubernamentales. En algunas de esas tardes que lo acompañaba, cansado y aburrido de hacer avioncitos de papel y de correr por los pasillos, me di a la aventura de cruzar la calle Nigromante e ingresar al primer patio del Colegio de San Nicolás.

Debí de tener siete u ocho años de edad, por lo que llamé la atención de una elegante señora que me preguntó las razones de que yo anduviera solo en ese lugar, a lo que respondí que estaba aburrido. Entonces me llevó a un lugar donde me dijo que nunca me iba a aburrir y así fue que llegué a la biblioteca de ese lugar. Me explicó que cada vez que tuviera tiempo y que contara con la autorización de mi padre, a quien conocía porque también era profesor universitario, me prestaría todos los libros que yo quisiera para aprovechar el tiempo.

Andersen, Salgari, Perrault y otros autores comenzaron a hacerse familiares dentro de las lecturas que hice en ese lugar. Años más tarde, en una de las primeras mudanzas que me tocó emprender, llegué al barrio donde pasé de la infancia a la adolescencia y el placer por la lectura y los libros siguió vigente; es más, se convirtió en mi tabla de salvación. A los trece años de edad había reprobado el segundo año de secundaria y debía de recursarlo en otra institución. El castigo, además del cambio de escuela, de turno y de amigos, consistió en la negación absoluta de cualquier permiso para salir de la casa si no era para asistir a la escuela.

Así que los muchos ratos libres que tuve dentro de mi habitación los empleé en leer los seis tomos del Atlas Enciclopédico que había en casa, además de los doce tomos de la Gran Colección de la Literatura Mexicana, que incluía textos y autores prehispánicos y llegaba hasta las voces más contemporáneas del momento, la cual me resultó sumamente atractiva y entiendo, hoy día, que fueron las lecturas que me ayudaron a definir más tarde mi vocación por las humanidades.

Ya encarrerado en el tema de las lecturas, cuando se me levantó el castigo la Biblioteca del Planetario se convirtió en el espacio de mi educación sentimental, pues a la par que acudía a ese sitio para resolver las tareas del bachillerato me di el gusto de pasear y regodearme por el pasillo de la literatura hasta que me dolieran los ojos de tanto explorar nuevos autores y géneros. Fue justo en ese momento que, con mis escasos ahorros, comencé a destinar un pequeño fondo para ir adquiriendo los libros que más me gustaban y que estuvieran dentro de mi poder adquisitivo. Así comencé lo que ahora me da por llamar mi biblioteca particular.

En la universidad, la biblioteca para los que nos dedicamos a las humanidades es nuestro motor y laboratorio para la generación de ideas que expliquen el acontecer humano, por lo que pasamos gran parte de nuestro periodo formativo en esos lugares.

Hoy, por los azares de la vida y decisiones profesionales me toca coordinar una biblioteca y, sin siquiera sospecharlo, eso me llevó a regresar a mis orígenes familiares, puesto que –sin yo saberlo– mi padre había trabajado también como bibliotecario en esta universidad hace más de medio siglo. Las vueltas que da la vida. Me gustan los libros. Me gusta la lectura. Me gustan las bibliotecas y tengo la fortuna de colaborar en una de ellas.

Comencé este texto con una cita de Borges, no porque me equipare en algo con él, sino porque en algo entiendo lo que de paradisíaco pueden resultar estos espacios para el conocimiento y espíritu humano. Mi gusto por los libros, la lectura y las bibliotecas quizá los resuma mejor la frase de Juan José Arreola: “Una última confesión melancólica. No he tenido tiempo de ejercer la literatura. Pero he dedicado todas las horas posibles para amarla”.

Retrato mínimo de una madre mexicana



16 de Noviembre de 2019

Nació en un lugar llamado Hacienda de Jesús María en el municipio de Huaniqueo de Morales. Fue hija de padre y madre campesinos, o más bien jornaleros, porque cultivaban y cuidaban la tierra de los patrones, porque en 1934 la Revolución Mexicana todavía no había pasado por ahí. A los pocos años de edad, ella y su familia se trasladaron a Morelia, en busca de mejores oportunidades y condiciones de vida, sumándose así, sin darse cuenta, al gran proceso de transformación del cambio demográfico que sufrió el país, donde lo urbano se impuso al mundo de lo rural.

Se instalaron en el límite poniente de la ciudad, allá por donde ahora se ubica la Plaza de Toros. El abuelo seguía atendiendo las labores del campo, mientras la abuela insistía en que los pequeños asistieran a la escuela. Por distintas razones, pero sobre todo económicas, los hijos abandonaron las aulas y se pusieron a trabajar en los más diversos oficios y chambas para salir de su complicada situación. A ella la sacaron de la escuela cuando cursaba el cuarto grado de primaria, por carecer de lo más mínimo para asistir a ella y porque su abuela sentenció juiciosamente: “¿Para qué tanto pinche estudio y sacrificio, si al rato va a venir un cabrón y se la va a robar y la va a hacer su mujer?”. Le dolió la decisión, pero no se iba a quedar con el agravio.

Así, desde temprana edad comenzó a trabajar en diferentes oficios: vendedora de flores, asistente doméstica en la casa de un militar, “El General”, obrera en la fábrica de hielo, trabajadora en una fábrica de medias y muchas faenas más. La transformación de la ciudad y la no solución a los apremios materiales hizo que sus padres retornaran al campo, pero ella decidió quedarse en Morelia y encontró el cobijo, cariño y apoyo de sus tíos, José y Lina, para permanecer aquí.

En la capital trabajó y forjó el carácter, los valores y principios por los cuales siempre se ha conducido: disciplina, trabajo y generosidad. Cuando para muchos creían que ya se le había pasado el tren, conoció al hombre de su vida. Se casaron y comenzaron su propio proyecto familiar. Tuvieron tres hijos y se dedicaron con amor y sacrificio a darles una mejor condición de vida. Cuando los vástagos estaban ya en preparatoria y secundaria, encaminados a realizar estudios universitarios, una oportunidad que ella no tuvo, saldó cuentas con un pendiente de su pasado y resolviendo guías y presentando exámenes, concluyó su primaria de forma autodidacta y obtuvo su certificado, casi cuarenta años después de que la habían sacado de las aulas.

Cuando los tres hijos cursaban la universidad los inconvenientes de la vida y de la muerte comenzaron a poner prueba su temple y temperamento. Primero su esposo y, a menos de un año, un hermano fallecieron. Luego, en una de las recurrentes crisis y fraudes del sistema bancario, el patrimonio material familiar desapareció casi por completo. A pesar de las adversidades, sacó adelante el reto de ver graduarse a sus tres hijos en la Universidad

 En lo físico también ha tenido sus pruebas, con cerca de 75 años tuvo una doble fractura en una de sus rodillas y sólo su tenacidad y esfuerzo hizo que soportara la inmovilización, la durísima rehabilitación, que incluyeron dolorosísimas sesiones, como en aquella en que le tronó la rótula y pudo recuperar la movilidad de su extremidad inmovilizada.

Pasados esos inconvenientes se convirtió en abuela y toda la experiencia, cariño y amor acumulado los ha vertido sin límites en sus nietos. Y de nuevo, las vueltas de la vida, en menos de un año fallecieron tres de sus hermanos y, a pesar de tan grandes y continuas tristezas, se mantiene con el ánimo y el espíritu fuerte para continuar lo que le toque de vida.

El próximo miércoles 20 de noviembre cumplirá 85 años en plenitud, con esa mirada tierna, cálida y reposada, de quienes han vivido a plenitud y pueden decir: misión cumplida. Estas líneas son apenas los primeros trazos para intentar hacer un retrato mínimo de mi madre.

Discursos


10 de noviembre de 2019

Cada vez participo menos en los debates que sobre los asuntos de interés público se suscitan. No es apatía, falta de compromiso o desinterés, pero reconozco que de un tiempo a la fecha, a las personas ya no les interesa dialogar, intercambiar puntos de vista e impresiones sobre los asuntos que de interés común nos debemos de ocupar. El adoctrinamiento en su versión renovada y recargada se nos presenta con el pomposo nombre de “Lo políticamente correcto es…” y cualquier posición, opinión o crítica que se aleje de este conjunto de valores y principios, asumidos acríticamente, nos hace candidatos ideales para la inquisición moderna, ahora llamada redes sociales.

¿Cuántas veces nos hemos puesto a indagar las razones que dieron origen y fundamento a este discurso de lo correcto e incorrecto, políticamente hablando, para las sociedades? ¿Ha servido de algo la uniformización de criterios e inteligencias para solucionar nuestros problemas más urgentes que como ciudadanos y como comunidades humanas estamos padeciendo? ¿No es acaso una forma renovada, edulcorada y más sutil de la alienación humana de la que nos advirtió desde el siglo XIX ese pensador alemán, ya “pasado de moda”, Carlos Marx?

Ahora que revisaba mis archivos me encuentro con un texto que elaboré el 15 de octubre de 2009 y, que salvo algunas pequeñas adecuaciones, las cuales hice para poder compartirlo, sigue siendo una postal vigente de que las cosas no han mejorado mucho en nuestro país en el transcurso de una década. He aquí el texto de marras:

“El descontento se huele en el aire. Todo el día no ha sido más que la tensa preparación del malestar que recorrerá estas calles. La cita es a las 16 horas, pero el reclamo no respeta horarios y un primer contingente toma el asfalto a eso de las 11:30 y la ciudad comienza a convertirse en escenario y espectadora de las exigencias de sus habitantes. 17:45, el flujo humano, desde el Ángel de la Independencia, hasta el Zócalo, alza la voz y en el fondo se escucha un sólo canto: justicia, un alto a la impunidad y a la corrupción. Consignas muchas, amargas, con rencor, con muchos elementos de verdad. De Madero a Tacuba, de Tacuba a Donceles, ríos de gente, hay que cruzar entre ellos si es que algún rumbo tienen tus pasos. Al llegar a la Alameda la imagen se magnifica y las señales y sentidos se confunden. El Hemiciclo a Juárez está fuertemente custodiado por policías antimotines con cara de niños, tensos unos, algunos otros con ganas de sumarse al contingente. Los espectadores aplauden y se suman a la poesía urbana a su manera, con espontáneas e ingeniosas consignas que enriquecen el abanico discursivo de la protesta. Al centro de la Alameda, los que no tienen fuerza o esperanza para seguir gritando, apagan su tristeza con una botella de alcohol u oliendo un pedazo de estopa con activo. En la esquina más lejana, un soldado y su Juana, a los cuales no les cabe la felicidad en el pecho, se abrazan y se besan tímidamente, como con miedo de que el mundo les arrebate ese momento. Por Avenida Juárez, la ciudad clama justicia. Por Avenida Hidalgo, el amor reclama otra oportunidad. Hora de bajar al andén del metro. Rumbo a la terminal Observatorio la duda se me clava en la memoria ¿Qué dirá la historia mañana sobre la marcha, sobre la ciudad, sobre el soldado y su Juana?”.

Gravedad


3 de noviembre de 2019

A medida de que voy envejeciendo soy más consciente de mi decreciente ánimo para sumarme a las multitudes por el solo hecho de asistir y ya. Pregunto, me informo, me documento, hago cálculos amañados, pues de antemano ya sé que el resultado final será el que desde un inicio –mentalmente– he establecido y, casi siempre digo que no, que muchas gracias, que “estoy lleno de ocupaciones” y en algunos casos, la fórmula cortés de expresar: “para la siguiente”, o su prima hermana, más diplomática de “en otra ocasión y nos coordinamos con antelación”. No sé si ya estoy en el camino sin retorno de ser huésped distinguido de la cabaña del ermitaño o solo realizo un ejercicio racional –¿o racionado?– de la administración de mis energías, tiempos y espacios en los que obligadamente debo de coexistir pacífica, paciente, tolerante y civilizadamente con los de mi especie. Hoy pienso primero en los inconvenientes de salir de mis zonas habituales de tránsito y confort, que en el gozo o el buen momento que me pueda resultar de ir: ubicación, tráfico, transporte, clima, horario de inicio y fin de la actividad, tipo de comida, temperatura de la misma, atención, facilidades y cada día sumando más incógnitas, como si se tratara de despejar la fórmula para la resolución del problema matemático más complejo de la humanidad. La mayoría de las veces quedo satisfecho con el resultado de mi decisión y presto poca atención a los comentarios y balances externos que me llegan sobre el evento al que no quise asistir y, si la presión es mucha, vale decir con toda la corrección política del momento: “yo tengo otros datos”. Pero no siempre funciona ese remedio. En otras de las ocasiones debo de reconocer lo erróneo de mis cálculos y activar de inmediato el plan de emergencia para el control de los daños por el escarnio interno de reconocer que fui un estúpido, documentado, pero estúpido, y una vez más me perdí de una experiencia y momento que difícilmente se repetirá en el mediano o corto plazo. Y justo es que viene a mi memoria ese aforismo de Emil Cioran que dice: “Existe en la estupidez una gravedad que, mejor orientada, podría multiplicar la suma de obras maestras.” Y cuando el orden de las cosas es así, es entonces que, como hoy, debo reconocer que he perdido decenas de oportunidades de realizar nuevas obras maestras para el mundo. Creo que cada día estoy más grave.