miércoles, 20 de julio de 2022

La itinerante vida de los libros usados

17 de julio de 2021


—¿Recuerdas cuándo fue la primera ocasión que visitaste una local de libros usados o de viejo?

—Mmmm… ¡No, no lo sé!

Esa fue la pregunta que detonó la reflexión que me acompañó toda la tarde y por más que busqué y rebusqué en los anaqueles de la memoria, la respuesta nunca varió. No puedo precisar el momento en el que comencé a ir a las librerías de viejo como una de las opciones para darle rienda suelta a mi curiosidad lectora del momento. Quizá para mí no era tan relevante que los libros fueran nuevos o usados, siempre y cuando se ajustaran a los temas, autores o épocas que me interesaban, quizá sólo era necesaria una mínima atención a su condición física: que el daño no fuera irreversible en términos de hongo, humedad, dobleces en las hojas, mutilación, es más, hasta los podía adquirir con los rastros de lectura del antiguo dueño, subrayados y notas al margen o al pie, siempre que no obstaculizaran la lectura y que el afanado deleite o la reflexión precisa de su lector anterior no hubieran desdibujado el renglón o la frase motivo de su interés. Estos eran los términos y condiciones que daba por sentado cuando buscaba y adquiría un título en un local de esa naturaleza.

A pesar de que solía escuchar las recomendaciones y sugerencias que los libreros me hacían cuando me veían buscar entre los estantes algo que me llamara la atención, reconozco que pocas veces las atendía, no por descortesía o pedantería, sino porque a pesar de que iba abierto a la aventura y a la sorpresa, la mayoría de las veces recurría a una breve y preestablecida lista de “pendientes”, o “necesidades” que intentaba cubrir a como diera lugar. No siempre tuve la suerte de hallar lo que internamente sabía que era lo que deseaba encontrar pero ello no significaba que, necesariamente, saliera con las manos vacías y puedo alegrarme de que en muchas ocasiones los libros que elegía, por alguna vaga referencia o por mera intuición y un volado, resultaban ser de mi deleite y agrado.

Mis visitas a los locales que ofrecen libros usados me han dado la oportunidad de conocer autores y obras que no forman parte del canon literario que la industria del libro o la cátedra académica sugieren como lo más pertinente y conveniente para una buena y “prestigiosa” vocación lectora. Y desde mi experiencia en el ejercicio de mi derecho como lector, he llegado a entender que esto no es algo que esté relacionado directamente con la calidad del autor o de lo dicho o escrito por él sino, la mayoría de las veces, es por razones ajenas al universo de la creación literaria, pero eso es tema para otra columna, por ahora sólo diré que casi siempre evito pasar por las mesas de novedades que las librerías ofrecen porque, sin que sea una máxima o un principio metodológico que yo pudiera sugerir, algo me dice que la mejor literatura no se encuentra ahí.

Y bueno, entre revisar mis libreros, tratar de darles orden, de elegir algunos volúmenes para dar en donación e interrumpir la tarea una y otra vez cada que mis ojos se encuentran y se pierden en la momentánea lectura de un libro puesto al alcance de mi mano y mi distracción, sigo buscando la respuesta a la pregunta que motivó estás líneas y no puedo dar con el dato. Será que a cambio la memoria prefiere obsequiarme, generosamente, imágenes y recuerdos dispersos de las variadas ocasiones en las que recorrí la mítica calle de Donceles, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, me estacioné en alguna de sus cuadras y me sumergí en más de una de la treintena de librerías que tienen a la venta la itinerante vida de los libros usados. No recuerdo cuándo fue la primera vez pero recupero intacta la emocionada sensación de extraviarme, toda una mañana o una tarde, entre los cientos y cientos de atiborrados anaqueles, sintiéndome por momentos como una especie de consumado bibliófilo, con muchos deseos por leer y descubrir, pero con pocos viáticos y presupuesto para realizarlo, pues la beca universitaria no era propia para grandes banquetes literarios, sino para apenas algunos frugales entremeses, que debían ser bien seleccionados entre ese enorme menú que tenía ante los ojos, para no sentirme tan desnutrido o anémico una vez que salía de ahí con un pequeño libro de bolsillo o, a veces, sin bocado alguno para después.

Así como no recuerdo cuándo fue que comencé a asistir a esos sitios, tampoco recupero con precisión cómo fue que imperceptiblemente me fui alejando de ellos. De manera personal puedo aceptar una variación en mis gustos lectores y una menor disposición a la espontaneidad o sorpresa de lo que me puedo encontrar ahí y, también, cierta transformación en mi relación con el libro, no como signo de lo cultural, sino como objeto y las dificultades que implica su preservación. Eso me ha llevado a comenzar un lento, pero necesario, proceso de desapego de algunos títulos y autores que he decidido dar en adopción para que encuentren y nutran a otros individuos que gusten de la noble y leal vocación de ser lectores de oficio sin más beneficio que el placer, lectores nuevos para mis libros viejos que en las letras de otros siguen encontrando maneras diferentes para comprender el mundo.

Termino esta columna sin respuesta para la pregunta inicial y no sé si alguna vez lo recuerde. ¿Acaso importa? Hoy fui a una librería de viejo, intercambié 60 libros con visa y pasaporte para salir de mis libreros y encontrar nuevos horizontes, otros ojos y, ¿por qué no?, mejores rutas para su itinerante vida y a cambio elegí dos pequeños libros, de menos de cien hojas y, créanme o no, siento que he hecho uno de los mejores trueques de mi vida, porque como ya lo dijo Virginia Woolf, “los libros de segunda mano son libros salvajes, libros sin hogar (…) poseen un encanto del que carecen los volúmenes domesticados de la biblioteca”. Mientras tanto sigue el reacomodo infinito de los libreros personales en la utopía de que algún día tendrán orden y acomodo definitivo. Utopía al fin y al cabo.

jueves, 17 de febrero de 2022

Una receta así de simple


10 de julio de 2021

El virus de la época nuevamente toca a la puerta. Corrijo: está dentro de casa, en el cuerpo de un ser querido y, con ello, la sombra de la duda y de la sospecha se extiende más allá de ese hogar y forma nubes de intranquilidad que se posan de inmediato sobre los techos de las otras familias que tuvieron contacto con el afectado. Y de nuevo aparece esa sensación, desconsoladora y amarga, de que estamos otra vez al comienzo de ese laberinto del que, por un momento brevísimo y esperanzado, habíamos imaginado, sentido, que atravesábamos victoriosos pues se había resuelto el misterio de la posible ruta de salida. Son los golpes secos y contundentes de la realidad.

Más allá de las diatribas de las redes sociales o los contradictorios ditirambos que inundan las redacciones de los noticieros y que nos quieren convencer de que no todo está tan mal como creemos, y que al mismo tiempo nos confunden al afirmar, que tampoco todo está tan bien como algunos podrían suponer. Entonces,  ¿estamos o no estamos?  Ante la enfermedad lo único que hay que procurar es seguir cuidándonos para precisamente estar y no ser un estuvo o un fue, que se añadiría con saña o con furia a las nefastas estadísticas de nuestra cotidianidad. La vacuna no inmuniza contra esta sensación de hastío, desencanto y cansancio de la nueva normalidad. Potenció la irresponsabilidad, el valemadrismo y, de alguna manera, un inconsciente e irresponsable ejercicio de darwinismo social en el que no serán precisamente los más fuertes los que cuenten las crónicas de esta pandemia, sino los que mejor hayan resistido las mutaciones del virus en cuestión.

Solo pido que de verdad el registro de esta época no quede en manos de los influencers o youtubers, líderes de opinión, cuya mayor virtud es exhibir de manera galana y rampante su imbecilidad, que parece que en estos días no es un defecto, sino una virtud, y, si no, basta con ver las estadísticas de likes y vistas que se traducen en el papel moneda de la realidad virtual. Y decir realidad virtual lleva a plantearse la duda de cuántas y cuáles son las realidades en las que vivimos o coexistimos de manera alterna.

Y sigo dando tumbos y traspiés, mientras trato de encontrar un remedio que me saque de esta especie de enojo y enfado con el mundo. Una receta médica, o de cocina, o quizá una pócima mágica, o aún mejor, una combinación de las tres para tratar de salir de esta forma tan confusa de percibir la vida moderna. Una sucesión de ingredientes y un procedimiento a la manera de recetario contra la realidad para poder seguir transitando en ella sin tanta complicación:

Ante el inminente ataque de un virus loco, haga usted la siguiente pócima, efectiva, barata y fácil, con ingredientes que seguro tiene en su cocina.

Va a necesitar:

  • 1 tableta de Anapsique 50mg al día
  • 2 chayotes
  • 1 cacerola con capacidad de 2 litros
  • Agua la necesaria
  • Mucha fe.

Instrucciones:

  • Tome usted la tableta de Anapsique, para relajarse, y antes de que le haga efecto y se duerma, más o menos cuando sienta que ya todo empieza a valerle madres, justo en ese momento, lave bien los chayotes y póngalos a cocer enteros. Una vez que estén cocidos (cuide que no le queden muy blandos) retírelos del fuego y déjelos enfriar. Reserve el agua de la cocción en una jarra y cuando esté a temperatura ambiente bébala durante el día, a sorbos y pidiéndole a San Judas que funcione.
  • Luego cocine los chayotes a su gusto y cómalos todos porque desperdiciar es muy malo.
  • Repita esto tres días seguidos, con mucha fe y verá como, al cabo de este tiempo, el virus seguirá ahí, igual de loco pero la pastilla hará que no se acuerde de él y si se acuerda que no le importe y si le importa, pues entonces trague camote y tome otra dosis de Anapsique.
  • Repita el proceso y la dosis cuantas veces sea necesario hasta que se sienta nuevamente integrado y funcional con los de su especie.

Una receta así de simple

Las palabras y el mar de las divagaciones



3 de julio de 2021

Es verdad que, generalmente, procuro no volver a leer lo que llaman autoría o esas letras imputables a mi puño; no sé si por vergüenza individual o prudencia profesional pero, cualquiera que sea la razón, ambos extremos confluyen en el hecho de lo que alguna vez leí o dije, asumiendo la presunta originalidad de esa frase que parece contundente: “ya publicado el texto, le pertenece al lector y no a quien lo escribe”, pues finalmente, quienes realizan la aventura de la lectura, son los que encuentran los sentidos que tienen las palabras, muchas veces ocultos para quien las escribe.

A veces ocurre que me encuentro con mis textos, por algún error o tropiezo involuntario, y los leo con la ecuánime curiosidad que me suscita cualquier autor que aún no conozco, pero cuando comienzo a reconocer ciertos rasgos de mis desvaríos textuales, infiltrados en medio de las frases, me detengo y de inmediato me coloco en el papel del más radical de los correctores: sólo veo erratas y las múltiples posibilidades de haber expresado mejor lo que por alguna razón me atreví a dejar en tinta.

Es el momento en el cual me reconozco como un polizonte dentro del barco que lleva por nombre “República de las Letras”. Soy ese que nadie invitó, nadie conoce y sin embargo, surca los mares aprovechándose de las buenas lides de los verdaderos conocedores del oficio, de los marinos consumados que navegan sin dificultad y sin temor en las aguas infinitas de las palabras. Yo apenas y si me asomo por los portillos del lugar en donde furtivamente me he instalado, tomando notas de los mares y océanos que voy conociendo de la mano de ellos, con la idea de que algún día podré aventurarme yo solo a la navegación, como queriendo imitar a aquel viejo pescador, del que contó Ernest Hemingway, rescatando para mi quizá su única hazaña: lanzarse al mar a pescar y a reflexionar sobre el género del mar o de la mar, reconociendo que tal aventura no es más que otra manera de responder a esa interrogante y necesidad humana de sentirnos reflejados, por un momento, en alguna de las olas de lo que uno concibe como el océano de la vida.

“Decía siempre la mar. Así es como le dicen en español cuando la quieren. A veces los que la quieren hablan mal de ella, pero lo hacen siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes, los que usaban boyas y flotadores para sus sedales y tenían botes de motor comprados cuando los hígados de tiburón se cotizaban alto, empleaban el artículo masculino, le llamaban el mar. Hablaban del mar como de un contendiente o un lugar, o un enemigo. Pero el viejo lo concebía siempre como perteneciente al género femenino y como algo que concedía o negaba grandes favores, y si hacía cosas perversas y terribles era porque no podía remediarlo. La luna, pensaba, le afectaba lo mismo que a una mujer.”

Y, como queda claro, de nuevo he perdido el rumbo o el azimut, y mejor tiro el ancla necesaria para mantenerme en la seguridad del terreno de la realidad. Soy un polizonte, un marino de tierra, sin barco, sin tripulación, sin mares e islas por conquistar, pero que a veces, muy pocas veces, en esos encuentros involuntarios con mis textos, por unos breves momentos, me enfrento con un par de líneas que me hacen sentir que he dejado de ser un intruso, que quizá por un momento conquisté la cresta de una ola y he sido capitán, tal vez al estilo de Jack Sparrow, efímero, pero capitán al fin y al cabo.

“El problema no es el problema. El problema es tu actitud sobre el problema. ¿Lo entiendes?”

Así yo con los textos, las letras y mi mar de divagaciones, del timón de mi pluma que se enrumba a sotavento.

De la amorosa memoria: tres apuntes sobre mi padre


19 de junio de 2021

Me acostumbré a guardarte, a llevarte lo mismo
que lleva uno su brazo, su cuerpo, su cabeza.
No eras distinto a mí, ni eras lo mismo.
Eras, cuando estoy triste, mi tristeza.
Eras, cuando caía, eras mi abismo,
cuando me levantaba, mi fortaleza.
Eras brisa y sudor y cataclismo,
y eras el pan caliente sobre la mesa.

Jaime Sabines.

En las últimas horas, quizá con el pretexto de día del padre próximo a celebrarse, los recuerdos que guardo del mío se han ido agolpando en la cabeza, no es que la memoria requiera de motivos mundanos para revolverse, para entablar conversaciones íntimas con el corazón o con el alma o con el rincón donde cada uno guarde sus recuerdos, en mi caso, por lo menos, la figura de mi padre es una constante en mi vida y lo evoco siempre a veces con la tristeza de su ausencia (que nunca ha dejado de ser un golpe doloroso) pero, la mayor parte del tiempo, con agradecimiento, con la alegría de los años compartidos y con una nostalgia que se mueve entre los múltiples registros de lo agridulce. Lo recuerdo con amor y justo ahora, más allá de los pretextos, es ese sentimiento el que me invita a compartir tres vívidas imágenes de su paso por la vida, de su paso por mi vida:

-1-

Iniciaba la jornada diaria muy temprano, quizá a las 6 de la mañana. y se dirigía a las instalaciones de los Baños Galicia, esos que estaban -¿o están?, no lo sé- al inicio de la calle Allende, a un costado del Jardín de Los Niños Héroes. Tomaba un baño sauna, recibía un masaje, charlaba con los amigos con los que compartía ese ritual matutino, y regresaba a casa impecable. Las mañanas de mi infancia olían a brillantina Wildroot, a Jockey Club, a loción Brut de Fabergé o alguna de las opciones de Old Spice, esencias que se mezclaban con el olor del desayuno que ya preparaba nuestra madre para enviarnos a la escuela.

-2-

Estamos sentados frente al televisor a blanco y negro. Yo debía tener unos cinco o seis años. Me hablas en voz baja, como para evitar desconcentrar a la atleta que estamos observando en su rutina. Me explicas paso a paso lo que sucede en la pantalla. Hasta ahí llega ese recuerdo. Años más tarde veo un documental sobre la niña de 14 años que cambió la historia de la gimnasia en las olimpiadas, la primera en obtener una calificación perfecta, la rumana Nadia Comaneci en Montreal 76. Una sensación de calor crece en mi pecho y los ojos se me nublan por la emoción: de nuevo estoy sentado junto a ti mirando el televisor en blanco y negro mirando a una pequeña atleta de 14 años ejecutando una rutina de gimnasia a la perfección.

-3-

En casa se cambiaba de televisor cada cuatro años en estricto apego al calendario de los Juegos Olímpicos, incorporando en cada cambio la mejora tecnológica del momento. Así pasamos del más primitivo aparato en blanco y negro hasta llegar a la modernidad de las imágenes a color y el control remoto. Yo fui consciente de esa regularidad a partir de la olimpiada celebrada en Rusia en 1980, pasando luego por las posteriores de Los Ángeles, en 1984, y la de Seúl, en 1988, que fue la última fiesta deportiva que vimos juntos. Disfrutabas por igual de todas las disciplinas deportivas en competencia, gozo que estaba fundado en tu propia experiencia de vida con el deporte. Practicaste todos. Atletismo, basquetbol, voleibol, sobre todo. Cuenta la leyenda familiar que incluso llegaste al cuadrilátero del box y de la lucha libre, pero que tuviste que retirarte prematuramente de esas disciplinas porque las batallas más fuertes las tenías abajo del ring, cuando llegabas a casa, con las huellas evidentes de los combates, y la abuela Petra te aplicaba el más duro de los castigos por andar metido en esas tarugadas. Ese gusto por el deporte se convirtió en tu profesión de vida. En el plano profesional una de tus mayores satisfacciones fue haber participado como juez de atletismo en las Olimpiadas de México 68, logro al que no le diste nunca tanta importancia, como el compromiso y gozo que siempre tuviste por la formación de innumerables atletas infantiles, profesión que ejerciste literalmente hasta el fin de tus días. Viviste por y para el deporte.

***

Puedo ver su rostro en algún retrato, puedo ver fotografías que guardan el registro y la historia, las historias de mi familia pero, sin duda, la imagen más fuerte, más grande, más conmovedora que conservo de mi padre es la que llevo conmigo cada día, después de todo, celebro su vida cada vez que la memoria, por el motivo que sea, conversa con el corazón o con el alma o con ese rincón dentro de mí en donde mi padre habita amorosamente.

Cerrado hasta nuevo aviso: disculpe las molestias que este virus ocasiona

12 de junio de 2021

Fue un viernes, lo recuerdo claramente, alrededor de las once de la mañana. La jornada de trabajo, ya dividida y escalonada en horarios y personal desde hacía un par de semanas, tendría que sufrir un nuevo ajuste. Me llamaron a la dirección y la instrucción fue precisa: “Se suspende en este momento toda actividad. Hay que verificar el cierre de instalaciones, puertas, ventanas. Bajar los interruptores -en sentido literal y casi metafórico- y preparar el equipo y documentación con la que podamos seguir desarrollando el trabajo desde casa. Se dice que serán dos semanas, a lo mucho, cuatro. Un mes.” Con  esa información me dispuse a ejecutar los preparativos y comunicarme con mi equipo de trabajo para coordinarnos. Los compañeros que estaban en funciones, me ayudaron con la parte práctica de la supervisión del cierre. A quienes por cuestión de horario no estaban presentes, les comuniqué, por teléfono o por mensaje, que el cierre de la biblioteca era inminente y si tenían algún equipo o enseres personales que llevarse a casa, lo hicieran de inmediato porque la universidad iba a cerrar sus puertas por contingencia sanitaria, ante la proximidad geográfica de ese virus que decían se había originado en China y del que sabíamos más chistes y memes, que información médica y científica que nos preparara para su irremediable irrupción en nuestras vidas.

Llamé al área de Preservación Documental para saber si seguía en pie el proceso de fumigación que teníamos programado para ese día a las 4 de la tarde y me confirmaron que se cancelaba: ellos también habían recibido la instrucción de colgar el letrero de “Cerrado hasta nuevo aviso”. Mientras mis compañeros me auxiliaban con el proceso de cierre, subí a mi oficina y comencé a respaldar en la “nube”, todas la carpetas y archivos que pudiera utilizar para seguir laborando desde casa. Verifiqué, no sé si dos o hasta tres veces, que la información que había almacenado era más que suficiente para continuar mi trabajo. No muy convencido apagué y desconecté la computadora. Amplié la inspección y desconexión de los equipos que utilizan mis compañeros, mientras mentalmente repasaba mi lista de pendientes y de documentos para resolverlos. Ya tenía respaldo digital de mi trabajo, ¿Qué más tenía que llevarme? No sabía qué manual, instructivo o registro cargar en mi mochila. Decidí no sacar ningún papel, total, toda esa información está disponible para su consulta y descarga en la plataforma del sistema bibliotecario. Recorrí mi cubículo con una mirada indagadora y ansiosa, como buscando algún olvido que la prisa hubiera dejado por ahí, traspapelado, en los estantes o el escritorio; entonces las ví, inmutables, ajenas al ajetreo, al virus y -quizá- a la momentánea despedida, el par de plantas que son testimonio y gesto de amistad de dos amigos, me dispuse a ponerlas a buen resguardo y bien hidratadas para que resistieran esas dos o cuatro semanas de soledad y aislamiento. Esas dos minúsculas macetas, a las que les procuro el cuidado y atención, mínimo pero suficiente, son un pequeño botón del reino vegetal que rompen, con su verdor, la monotonía del paisaje de libros, revistas y documentos que circundan a mi oficio profesional. A ojo de buen cubero determiné que el espacio elegido para su cuarentena era el correcto, que el agua vertida era más que suficiente para encontrarlas en buen estado, una vez que transcurridas estas dos semanas, quizá cuatro, podamos regresar.

Continúo mi deambular inspeccionando, verificando que todo quede en orden y bajo, otra vez, al vestíbulo de entrada a recibir el reporte del proceso de cierre; a quienes terminaron la tarea encomendada, les pido que se retiren, les digo que no es necesario que me acompañen, que yo esperaré a los que vienen a sacar materiales y sus enseres personales. Mis compañeros se despiden, se van y yo me quedo viendo sus espaldas, sus pasos alejarse, pensando que en unos pocos días veré sus pasos, sus rostros regresando a nuestras tareas diarias. Dos o cuatro semanas, eso dijeron.

Me comunico a casa, informo escuetamente lo que está sucediendo. Pido que estén atentos a una llamada posterior para indicarles a qué hora pasen por mí y, una vez que cuelgo el teléfono, me doy cuenta que me está creciendo algo así como la necesidad de regresar nuevamente al supermercado, pienso que hay que proveernos de más alimentos e implementos de limpieza e higiene, sobre todo de gel antibacterial, que ya había comenzado a ser producto de escasa oferta en nuestras últimas compras.

En esas cavilaciones estoy cuando, por fin, llega Oscar, es el único que falta de sacar sus cosas. Un tanto desconcertado pero sonriente y en natural gesto de amistad y camaradería, me extiende la mano para saludarme,  yo sólo reacciono contrayendo mi brazo y alcanzo decirle: “¡Pero qué no has entendido que no debemos saludarnos de mano!”. Se queda paralizado, como apenado, como si le hubiera proferido un regaño inmerecido. Me doy cuenta de mi exabrupto y me disculpo, le digo que me siento un tanto confundido por lo mucho que he escuchado estos últimos días y luego este asunto que tenemos que abandonar y cerrar las instalaciones para regresar unas semanas después. Me dice que no hay problema, sube a su oficina, toma sus cosas, se retira y se despide ya sin tanta efusividad. Yo me quedo con esta mala sensación de no saber si fue exagerada mi reacción.

Esa es la imagen y sensación que guardo como referencia del día en que cerramos la universidad para confinarnos en casa por la pandemia. De eso han pasado casi quince meses, cuando en un primer momento se pensó que sólo serían dos semanas, a lo sumo, cuatro. Mucha vida ha pasado desde entonces y yo todavía me pregunto si mi reacción de no saludar a mi compañero en ese momento fue exagerada. Hoy, al igual que ese día, tengo más dudas que certezas y el cartel de «Cerrado hasta nuevo aviso», tiene una dolorosa y gruesa capa de polvo, si sólo iban a ser dos semanas, pienso, eso dijeron. Ahora dicen que volvemos el lunes, regresaremos al trabajo administrativo pero, creo, que aún no volverán los saludos de mano.

De escrituras a contrarreloj o las locuras del clima


5 de junio de 2021

Hoy el día ha sido atípico, como queriendo poner a prueba todo intento de normalidad o de cotidiana jornada. Lo único constante ha sido la necesidad de adaptar, y reajustar, el esquema mental básico para transitarlo. Tormenta al mediodía, luego sol brillante, como espectáculo previo a una tarde platinada: No hubo manera de mantener la de por sí escasa fe en los desacreditados y cada vez menos vistos reportes del clima de los noticieros televisivos. Hoy el día quiso hacer su día y así se salió con la suya. Chamarras, paraguas, lluvia, sol, calor, despojarse de las prendas impermeables, a ratos incipiente frescura a la intemperie y sofoco dentro de cualquier habitación. De los planes ni hablar, quizá el mejor plan para hoy era precisamente ese, no planear nada porque, al fin y al cabo, nada de lo anticipado o proyectado previamente pudo realizarse. Y resulta que en el momento en que por fin me puedo poner frente al abismo de la hoja en blanco, reparo en que la jornada está por terminar. Lo único que no cambió, pese a los intempestivos cambios de humor climático, fue el inexorable transcurrir del tiempo.

Y aquí estoy sin un tema específico para desarrollar, recordando aquel dicho de que cuando no se tiene nada por conversar, o cuando hay la necesidad de romper un incómodo silencio, una buena manera para intentar salir de ese atorón es comenzar a hablar sobre las bondades o dificultades del clima, de manera que el hilo de la conversación o de la narración comience por desmadejarse o desatorarse por sí solo, entre nubes, gotas y soles, para que por fin se desate el fenómeno de la comunicación y el universo caótico de enunciados, que cruzan por la mente en el momento que más claridad deseas, logren expresar esos pensamientos, razonamientos, sentimientos o deseos en un discurso coherente sobre algo o alguien.

Pero parece que no hay intento que valga, ni las palabras precisas llegan ni las ideas exactas son convocadas a salir de su caos y ocupar el espacio justo en el texto que se niega; los minutos pasan y uno comienza por evadir su responsabilidad y decir que se está en este difícil momento no por una deliberada actitud de procrastinación, esa de la que a veces uno se ufana, pero que en el fondo se sabe bien que en realidad se padece, se sufre y casi nunca se goza pero que justo hoy, quizás como en otras ocasiones en que uno se ha sentido igual, se piensa que ese sentimiento de culpa, que comienza a crecer en medio del pecho, no es totalmente imputable a uno porque como se ha dejado constancia líneas antes, o quizá minutos arriba, o como mejor se diga o se escriba que para el caso es lo mismo, (en este momento no es importante la corrección oral o escrita) lo que se requiere es que las palabras aparezcan por sí solas, que lleguen abundantes, contundentes y rápidas como la lluvia de hace rato, para que inunden y refresquen la hoja en blanco y uno pueda salir de esta penosa situación en la que el reloj no se detiene.

Pero la lluvia se fue y, como dije, dió paso a un sol inusitado, a un calor agobiante como agobiante es el instante en que, otra vez, miro el papel vacío porque las ideas no aparecen, quizá las musas ya están entretenidas viendo series en streaming y no les interese echarle la mano al procastinador que a estas horas las llama. Entonces y como única salida, uno no tiene más remedio que recurrir al lugar común de decir que todo esto es consecuencia de un día atípico, anormal, que me ha empujado, casi contra mi voluntad a hablar del clima, de la dificultad de encontrar un tema, mientras el tirano del reloj no detiene su marcha y el horario límite para la entrega de la colaboración está por concluir.

Así que aquí estoy divagando con temas y tópicos tan dispares como son las nubes, los días y la falta de organización para no llegar al extremo límite de escribir a contrarreloj. Claro, el día hizo de las suyas y la lluvia y el sol y las nubes se instalaron arremolinadas en mi cabeza. Así las cosas con el loco clima, Usted ¿qué opina?

viernes, 1 de octubre de 2021

Una pasión es una pasión


29 de mayo de 2021

Yo no sé ni cómo ni cuándo me hice aficionado al fútbol, la única certeza que tengo es que sucedió a una edad muy temprana, pues mi memoria alcanza a recuperar mis solitarios afanes y esfuerzos por convertirme en un gran portero, en la improvisada portería que delimitaba con dos macetas a la mitad del corredor del lugar en donde vivía, tratando de imitar los mejores lances de Miguel “El Gato” Marín, arquero de la entonces “Máquina Celeste”, el equipo más dominante de la liga mexicana en esa época.

Por azares del destino, un poco después de ese solitario entrenamiento, me incorporé a las filas de mi primer equipo infantil: el Cruz Azul; integrado por los amigos y vecinos de la calle y el rumbo en el que compartíamos pasos, juegos, tareas y escuela: Genaro, Xavier “El Chino”, Jesús, Mauricio, Jaime, y otros más que se me escapan, fuimos organizados, promovidos y dirigidos técnicamente por alguien apenas un poco mayor que nosotros: Gabriel, quien ahora seguramente dirige otro equipo allá en la cancha celestial desde donde nos observa.

De las incidencias y del funcionamiento del equipo sobre el terreno de juego y el desempeño a lo largo de los torneos, los recuerdos se han ido como balones fuera de la cancha de mi memoria. Lo que sí recupero vívidamente es la emoción y alegría que me provocaba cada fin de semana la posibilidad de vestir mi uniforme, encontrarme con mis amigos y salir al campo a defender nuestros colores. Uno de esos tantos sábados, Gabriel, nuestro director técnico, nos informó que no estábamos dentro de la programación semanal de juegos. La tristeza inicial que nos provocó la noticia fue cambiando poco a poco por una gran alegría a medida de que el profe nos explicaba la razón de esa decisión: nuestro equipo había sido elegido para participar como “baloneros” en el siguiente encuentro del Atlético Morelia, el equipo de futbol profesional de la ciudad, que cada quince días libraba épicas batallas sobre la grama del Estadio “Venustiano Carranza” –siempre quise utilizar una expresión así, disculpen las molestias- con la aspiración de lograr el ascenso al olimpo de este deporte: la primera división. Gesta heroica que sería consumada casi cinco años después de mi modesta participación como balonero en un encuentro de fútbol profesional. Y a partir de ahí, mi afición por este deporte, es parte de otra historia.

¿Cómo se explica una pasión o una emoción por un deporte, por un equipo? Genera dopamina. Genera estrés. Genera alegrías. Y en algunos casos, genera dolor. Ser aficionado a un equipo, se lo escuché a Juan Villoro, es aceptar una forma de vivir los fines de semana y los mundiales. ¿Se necesita justificar, interpretar, diagramar y calcular para explicar ese cúmulo de emociones que pasa por el pecho y la cabeza de todos y cada uno de los aficionados que acuden a un estadio a apoyar a su equipo para convencer de ello a quien simplemente no le gusta este deporte? No. Hay muchos deportes y cada quien es libre de elegir el que más le parezca. No hay mejor ni peor deporte, siempre y cuando se respeten los tres valores fundamentales del juego limpio: mostrar respeto por ti mismo y por los demás (competidores, árbitros y personal); respetar las normas de la competición y del deporte limpio y ser tanto buen ganador como buen perdedor.

En uno de los mejores diálogos de la película El secreto de sus ojos, del 2009, dirigida por Juan José Campanella y basada en la novela del mismo nombre, de Eduardo Sacheri, gran hincha del Independiente de Avellaneda, se da el siguiente diálogo:

–¿Escribano, qué es Racing para usted?
–Una pasión, querido.
–¿Aunque hace nueve años que no sale campeón?
–Una pasión es una pasión.
–¿Te das cuenta, Benjamín? El tipo puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios… pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: no puede cambiar… ¡de pasión!

¿El futbol sirve para algo que no sólo sean emociones, de alegría o de tristeza, o frustración por las expectativas que nos generamos para que nuestro equipo siempre gane y sea campeón?

 Martín Caparrós, escritor argentino e hincha del Boca Juniors, dijo: “Me paso la vida tratando de pensar cosas, de tener cierta mirada sobre el mundo, de no perder el tiempo —en síntesis, soy muy insoportable, sobre todo para mí— salvo en esos momentos”. Los noventa minutos que dura un partido de fútbol.

Recupero este apunte futbolístico justo un año después de la “desaparición forzada” del equipo aquel con el que supongo comenzó mi vieja afición por este deporte, que me puso de nuevo frente a aquel largo y fresco pasillo de mi infancia, en donde para desgracia de mis pantalones reforzados con parches sobre parches en la zona de las rodillas, yo me lanzaba sin descanso, intentado imitar el vuelo del portero aquel del Cruz Azul.