miércoles, 30 de diciembre de 2020

Uno y los cometas


25 de julio de 2020

El semáforo epidemiológico no cambia y la prudencia llama a seguir guardando el confinamiento sanitario en casa. Los llamados a los buenos hábitos y la férrea disciplina para el aprovechamiento de este encierro -ahora dicen que voluntario- se pierden ante la indiferencia sobre la enfermedad, en otros casos, ante la inconsciencia del peligro de contagio, y en otros, por la apremiante necesidad de salir de casa, arriesgando la propia salud y la de los suyos. Así, quienes todavía podemos permanecer atrincherados nos motivamos y reinventamos todos los días, para evitar caer en la apática monotonía que puede conducirnos al tobogán sin freno de la desilusión, para seguir aguantando un poco más.

Los que iban a leer como posesos, poco a poco han ido espaciando esos momentos porque siempre hay otras cosas qué hacer antes de llegar al rincón de la lectura, ¿qué cosas?, no lo saben, pero es una excelente excusa para evitar esa responsabilidad. Quienes iban a aprovechar para los mantenimientos y reparaciones en casa, ahora les faltan muros o desperfectos que arreglar, para continuar en activa terapia física como recomiendan para la buena salud física y mental. Por otra parte, una gran legión de los que se propusieron como meta agotar todas las series y películas, de sus respectivos sistemas online, que su intelecto les marcaba como indispensables, divagan cada vez más por los mares de la negación para posponer, por un momento, el complicado momento de elegir un nuevo objeto de entretención.

La cuarentena nos comienza a minar poco a poco la idea, incierta pero altamente tranquilizadora, de que esto sería algo pasajero y vemos con preocupación que los calendarios y relojes se quedaron atascados en marzo y nosotros con ellos. Presto poca atención a los noticieros, porque parece que también se atoraron y repiten sin cesar las mismas notas, con la única diferencia de que sólo actualizan a diario las cifras de la enfermedad, la muerte y la violencia.

Es por ello que apenas y me percato de una nota que sale del tono trágico de las últimas semanas: el paso del cometa Neowise por la bóveda celeste, un fenómeno astronómico sin igual, que puede ser observado sin necesidad de telescopio; los científicos insisten en que no perdamos esta oportunidad, pues este evento se repetirá hasta dentro de 6,800 años y no creo llegar a esa nueva fecha. Esta invitación me hizo recordar aquellas clases que tomé en la Facultad de Historia en donde conocíamos y discutíamos sobre la permanente condición humana de asociar fenómenos astronómicos como augurios o presagios en el desarrollo de la historia de la sociedad.

Para el caso de nuestro país, la conquista de los pueblos y territorios mexica y tarasco se explican en las fuentes indígenas por la aparición de cometas como funestos presagios de su derrota y que se encuentran consignadas en La visión de los vencidos y la Relación de Michoacán, respectivamente. Dando un salto entre siglos, las apariciones del cometa Halley sobre el cielo mexicano en 1910 y luego en 1986, también fueron tomados en ciertos sectores de la sociedad como signos de cambio y transformación de la historia nacional.

De una vez lo dejo en claro: yo sólo quiero ver el cometa y no aventurar imprevisibles devenires históricos, pero si el cielo nublado de las últimas noches no me lo permite hacer, como ha sido hasta hoy, seguiré recostado en la azotea, esperando la oportunidad, mientras intento recitar en voz baja aquel poema de Benedetti que comenzaba así: “Mientras pasa la estrella fugaz/acopio en este deseo instantáneo,/montones de deseos hondos y prioritarios”.

El anormal


18 de julio de 2020

Día a día, las noticias insisten en que lentamente vamos de vuelta a la normalidad y lo primero que me viene a la mente es la incómoda e inoportuna pregunta: ¿a qué normalidad nos referimos? Los encabezados siguen insistiendo con sus mensajes motivacionales: los centros comerciales abrirán al 25 o 50 por ciento de su capacidad, los negocios no esenciales, como los restaurantes, los bares y otro tipo negocios similares van por el mismo camino e, incluso, he escuchado expresiones de júbilo por la apertura de los cines, los parques de diversiones y los balnearios. Y es justo en este momento cuando la pregunta inicial se canjea por una nueva, entonces: ¿todo eso es la normalidad?

Desde hace un tiempo me reconozco y asumo como un animal de costumbres y, como lo dijo Julio Cortazar en su cuento “Carta a una señorita en París”: “Las costumbres (…) son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir”, por lo que tengo que expresar que esos espacios no forman necesariamente parte de mi ritmo urbano vital cotidiano, sino que, por el contrario, son la excepción y transgresión de mi norma, de mi rutina y de mi hábito. Si del centro comercial se trata, solo acudo si es absolutamente necesario para adquirir un producto en específico o pagar una mensualidad de la deuda ya adquirida o renovada con antelación. Si la cosa es salir a compartir el pan o el vino son momentos que casi siempre están asociados a los rituales necesarios para conservar y refrendar la amistad. Ir al cine también forma parte de esas complicidades de la camaradería y que, pese a los negros vaticinios frente a los sistemas de películas en línea, rompe con el esquema aislante -¿o aislado?-, hábito de mirar el séptimo arte con la omnipotencia del control remoto de la Smart-tv. Y si de acudir a parques o balnearios fuera la ocasión son ámbitos que tengo exclusivamente reservados para el habitus familiar doméstico, donde las graciosas formas de mi cuerpo –que en mi caso no es digno para la presunción o concurso– sirven para acuñar los apodos y sustantivos más cariñosos que los de nuestra estirpe pueden prodigarnos.

Al paso de más de cien días de confinamiento se podría suponer que la utopía de regresar a la normalidad sería la misma para todos, pero tengo serias dudas de que esto sea así. Cada uno de nosotros echamos de menos alguna actividad en particular que solíamos realizar más allá de los muros de nuestras casas, ahora convertidas en privadas fortalezas contra la enfermedad. ¿Qué es lo que más has extrañado en estos días de encierro? Esa es la pregunta que se impone responder de manera individual, porque ante lo incierto del fin de la pandemia parece que muchos nos estamos haciendo de nostalgias y añoranzas que no son las propias y sí, las que los intereses comerciales, con el disfraz de buenos consejos, nos prodigan a diario para un probable retorno a una cotidianidad estandarizada que nunca tuvimos. Porque, como bien lo dijo el Flaco de Úbeda, Joaquín Sabina, “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”, no vaya a ser que cuando la normalidad se instaure de nuevo en nuestras vidas no se ajuste en nada a lo que tanto anhelamos durante nuestros días dentro del claustro. Me disculpo por ser tan poco optimista o, mejor dicho, por ser tan anormal.

¡Pinche, Manuelito!


11 de julio de 2020

—¡¿Ahora qué tienes pinche, Manuelito!? ¡Pásale, ahorita te atiendo!

Ese era su recibimiento de siempre. No importaba la hora, el día y el malestar del que se tratara. Si la necesidad de consulta era en la madrugada, sólo te pedía que no lo llamaras en lo que llegabas hasta su consultorio, que estaba ubicado en su propia casa, porque decía que en los veinte minutos en los que uno tardaba en llegar hasta allá, él podía seguir durmiendo otro ratito. Quienes fuimos sus pacientes sabíamos que no importaba la hora y el día, siempre estaría ahí para atendernos, salvo un par de horas en la mañana, que era las que empleaba para realizar ejercicio en su caminadora o practicando tenis, su deporte preferido. Todo el año era dedicado a la atención de sus pacientes, con excepción de la semana en que se desarrollaba el Abierto Mexicano de Tenis en Acapulco, Guerrero, único periodo de descanso en el año para el que trabajaba arduamente. Así que sus pacientes debíamos de ser precavidos y no enfermarnos mientras se desarrollaba ese prestigioso torneo. Dos discretas fotos, una junto a David Ferrer, máximo ganador del mismo, y la otra, junto a un jovencísimo Rafael Nadal, número uno del mundo en varias ocasiones, eran los únicos objetos que daban pistas sobre su amor por ese deporte.

Yo lo conocí en 1990, cuando todavía era profesor en la entonces Escuela de Historia; sí, un médico que impartía la clase de inglés a historiadores, puesto que él había hecho parte de sus estudios en el vecino país del norte. Más que método y didáctica tenía un don natural para la conversación y la anécdota, cosa que hacía entretenidas y divertidas sus clases. En más de una ocasión mientras iba en mi caminata rumbo a Ciudad Universitaria me alcanzaba en su camioneta y disminuía la velocidad y al grito de: “¡Súbete, gordito, que no vas a llegar a tiempo a tus clases!”, sirvió para que no me cerraran la puerta o me pusieran retardo. En uno de esos trayectos me pidió que sacara una hoja de mi libreta y me recetó unos medicamentos para el malestar en la garganta que yo padecía, sin haberle siquiera mencionado que me sentía mal. Dejó la docencia porque el número de pacientes crecía y no le permitía atender adecuadamente sus labores universitarias. Sin embargo, a la vuelta de pocos años, cuando la amistad con el profesor Osvaldo Arias y su esposa, María Avaca, comenzaba a solidificarse, el contacto con él se reanudó porque, además de ser su vecino, era el responsable de la buena salud de estos dos entrañables amigos. Así fue que poco a poco las visitas a su consultorio se fueron convirtiendo en un punto de referencia, médico y afectivo, de nuestra cotidianidad en esta ciudad. Mi familia y yo nos sumamos a su cada vez más larga lista de pacientes, no sólo por su flexibilidad en el horario, sino por lo certero para los diagnósticos. Reconozco que en más de una ocasión, al no sentir alivio inmediato con sus prescripciones, iba en búsqueda de la segunda opinión, y el cien por ciento de las ocasiones reafirmaba y confirmaba el tratamiento que él ya me había dado. Y cuando en una visita posterior le comentaba de mis avatares siempre respondía: “¡Pinche, Manuelito, te gusta pagar caro a los especialistas… ya te voy a cobrar como esos cabrones!”.

Dicharachero, sonriente, malhablado con tino y temple, siempre tenía una sonrisa para uno, no obstante que le estuviera llamando la atención a uno por no seguir al pie de la letra el tratamiento que él había prescrito. Recuerdo con particular emoción aquella ocasión en su consultorio cuando se me quedó viendo en silencio y, preocupado por el padecimiento que estaba poniendo al límite mi salud, sólo atinó a decir: “¡Pinche, Manuelito!, ¿cómo te fue a dar a esta enfermedad? ¡No te preocupes, todo tiene solución! No pienses en tus males sino en todas las cosas buenas que te rodean. ¡¿Qué no te alegra despertar en las mañanas y escuchar el canto de los pajaritos?! Y así fue que, a partir de ese momento en que estaba por tocar fondo puse mayor atención y dedicación al cuidado de la salud para salir de ese enorme bache en el que me encontraba. Desde entonces, hasta hoy día, todas las mañanas, antes de abrir los ojos, me concentro en el aleteo y cantos de las aves que están más allá de la ventana de la habitación, como una especie de ritual o mantra para arrancar bien la jornada que apenas se insinúa. Si he de ser sincero, confieso que gran parte de la decisión de haber colocado un bebedero para colibríes en la terraza a inicios de este confinamiento viene motivada desde aquella lejana recomendación que me hizo.

La última vez que lo vi fue el 13 de junio, cuando pasé a su consultorio por una receta para poder resurtir el medicamento controlado que toma mi madre, ocasión que aprovechó para preguntarme si yo también tenía reserva del tratamiento con el que mantengo mi salud; le dije que todavía me restaban cinco pastillas y, sin más, me elaboró una receta, posfechada, por si tenía necesidad de volver a comprarlo durante el confinamiento. Una receta posfechada que no ya no usaré, porque justo ayer, cerca de las 5 de la tarde nos informaron que se encontraba hospitalizado y cinco horas más tarde nos daban la estremecedora noticia de su fallecimiento.

Hoy me pregunto: “¡¿Ahora qué tienes pinche, Manuelito!?”, y me respondo yo solo para aclarar un poco la confusión de ideas y emociones que me atraviesan: “¡Pus tengo una profunda tristeza e impotencia porque ya no veré de nuevo a nuestro médico, a nuestro profe y a nuestro amigo!”. Descansa en paz, profe Eliazar Hernández Mora.

martes, 29 de diciembre de 2020

Consejos


4 de julio de 2020

Siempre es más fácil dar un consejo que aceptar que alguien nos lo dé a nosotros. Para lo primero no es más que necesario asumir que hay cierta confianza del prójimo hacia uno para considerar que la dosis de experiencia encapsulada en forma de sermón o sentencia debe de ser deglutida y aceptada sin ninguna oposición. Pero, por el contrario, cuando el que recibe el consejo es uno, de inmediato se instala en la posición del extrañamiento y desconocimiento del amigo en una irreflexiva, pero contundente, suposición: “¿y éste quién se cree? ¡si ni me conoce!”.

Este peliagudo asunto lo traigo a colación por la sobreabundancia de recomendaciones, consejos y reprimendas que navegan tanto por las redes sociales, como en los reducidos (si es que has seguido con la disciplina de la sana distancia) momentos de contacto o convivencia social que la situación sanitaria ha provocado. Son tantos y de diversa índole, que podríamos equipararlos a las 59 cuentas del rosario católico y que, dada a la cada vez más creciente actitud que potencian las tecnologías de la información de que podemos opinar y recomendar sobre todo, pueden llegar a convertirse en los 108 mantras del rosario tibetano.

En ambos casos el procedimiento es el mismo, todo consejo deberá vencer tu escepticismo inicial de porqué diablos te están dando una opinión en un asunto que no has solicitado ayuda; después, si hay cierto grado de interés en lo que te están diciendo, seguramente lo pondrás en el anaquel de asuntos por resolver más tarde y que, seguramente, será cubierto por el fino manto del olvido, y si esto último no sucede, pues simplemente, como reza el dicho: te entró por un oído y te salió por el otro.

Que si comes algo, eso no es bueno en estos momentos de la COVID-19. Que si tienes una terapia ocupacional para el confinamiento: eres un robot. Que si no la tienes: qué irresponsable y desobligado. Y así, para toda actividad humana confinada, una amigable recomendación que debes de seguir para mejorar. El único sabio consejo que te puedo dar para paliar estos aciagos días es: ¡no des consejos, por favor! En esto de querer ayudar desinteresadamente al otro aplica muy bien lo que el psiquiatra Jacques Lacan dijo sobre el amor: “Amar es dar lo que no se tiene a quien no es”. Para más buenos consejos de superación personal, sígueme en mis redes. He dicho.

Confieso que he leído


20 de junio de 2020

¿Cuál es el método infalible o la estrategia inequívoca para llegar a los escritores que le son más significativos a uno? ¿De verdad sirven las recomendaciones literarias de las cada vez más escasas secciones de cultura de algunos medios de comunicación? O, por lo contrario, ¿son sólo una forma muy maquillada de ennoblecer el gallardo arte de la venta de libros, en donde muchas veces la calidad del texto no importa mucho si éste logra ser consumido por millones de lectores en el mundo? Estas son sólo algunas de las preguntas que me han inquietado un poco y me sacan de la invasiva dinámica del home office que, algunos ingenuos, o ¿por qué no?, optimistas, pensábamos que sería por pocos días, y que fueron generadas por la coincidencia en las efemérides literarias de la semana, que invitaron a recordar los fallecimientos de grandes personajes de las letras y de la cultura, como lo fueron José Saramago y Carlos Monsiváis, quienes pasaron a las filas de los inmortales con un día de diferencia, el primero el 18 de junio y el segundo el 19 de junio de 2010.

Para intentar dar respuesta a esas inquietudes parto de mi método anárquico, disperso y fortuito, pero que me ha servido para encontrar libros y escritores, que si bien no forman parte del canon establecido en la academia o reconocido por sus altas ventas, me han proporcionado sorpresas, buenas y malas, de lo mucho que hay por conocer más allá de las mesas de novedades que toda librería, editoriales y puntos de venta de libros nos ofrecen generosamente para “orientar” nuestras necesidades lectoras que algunos, pomposamente, gustan de decir intelectuales. En alguna entrega anterior hice mención sobre lo importante que fueron las bibliotecas para definir mi vocación lectora, y sin duda eso me dio la posibilidad de tener una idea mínima de lo que podía considerarse la buena literatura y los buenos autores. Pero adicional a ello, también debo de reconocer el papel fundamental que han tenido amigos y compañeros que me han sabido compartir la emoción que les generaban cierto tipos de textos y de autores, y que muchas veces, por no quedarme con la duda los buscaba y comenzaba a leerlos, pero para mi sorpresa frecuentemente no llegaba a experimentar esa sensación que de viva voz me habían compartido. Pero también es justo consignar las ocasiones, que por puros golpes de suerte o de azar, llegué a encontrarme con libros que ni idea tenía de ellos y mucho menos de las personas que los habían escrito y de inmediato me conectaba con la historia o con el ingenio evidente en el uso del lenguaje, ese que yo comparto con él, pero que dada su capacidad o genialidad lo hace uno vivirlo y experimentarlo de una manera diferente y que definitivamente se quedaron en los anaqueles, siempre cambiantes y en constante rotación, de mis libros favoritos. Recuerdo haber leído un texto de Fernando Savater, El valor de educar, en donde afirmaba que el reto de la educación consistía en transmitir conocimientos que fueran significativos para los alumnos, que tuvieran un valor más allá de la memorización y la aprobación del curso. Considero que con la literatura es igual. Solo se quedan con uno los libros y los escritores que nos significan algo, que nos confirman en el deleite de la lectura por la palabra misma, pero también porque, de algún modo, nos hacen experimentar aquella metáfora de ver el mundo desde una óptica diferente, en estricto sentido, un ejercicio de alteridad, ponerse en el lugar del otro para mirarse desde fuera y reflexionar sobre la propia existencia en alguno de los muchos planos que la componen. Poco a poco he ido entendiendo aquello que bien definen los expertos como la teoría de la recepción, de que cuando uno lee también complementa al texto y al autor, que a veces uno es más receptivo a cierto tipo de provocaciones o invitaciones para seguir en el libre ejercicio de leer lo que a uno se le pegue la gana. Derecho y libertad que se aleja de cualquier lista de los más vendidos, de los que por obligación culterana debes haber tachado de tu lista de pendientes.

Parafraseando a Pablo Neruda, confieso que he leído y que muchos de los autores y libros más preciados para mí han llegado por los caminos más extraños: librerías de viejo o usados (en Metepec conocí un pequeño local en donde a los libros usados los denominaban, con justa razón, “libros con experiencia”), en los anaqueles de remates en los supermercados, en tendederos de libros sobre el piso e, incluso, durante un tiempo tuve mi dealer libresco que me llevó a experiencias lectoras muy psicodélicas. Termino reconociendo públicamente que si alguna vez me quieren ver en dificultades simplemente formulen la interrogante de ¿quién es tu escritor o libro favorito? y verán la serie de pretextos y malabarismos argumentativos que pongo en marcha para evitar contestar tan terrible pregunta.

Es cuanto.

La cuerda de la memoria


6 de junio de 2020

Todo es cosa de despertar unos segundos antes y comprobar, con inocente alegría, que le has ganado la partida a la alarma de tu reloj. Respirar hondamente, abrir los ojos y fijarlos en un punto fijo, mientras los otros sentidos también se enteran de que ha comenzado otro día. Bajar de la cama, estirarte, apertura mínima a las cortinas, para que ingrese de manera moderada el sol para que ponga en marcha la máquina de las horas y minutos que poco, o casi ningún, sentido tiene en esta época. Pausa. Luego, alzar los brazos, como intentando alcanzar el techo, las nubes o el cielo mismo. Inhalar y exhalar varias veces para destensar los músculos para regresar de inmediato al garbo natural de las mañanas.

Saludar a tu pareja, informar que sales a hacer tus ejercicios, que ya no consiste en la caminata y trote que tanto bien le han hecho a tu salud, sino que ahora se han transformado en una mínima rutina dentro de casa que, dependiendo del ánimo y del desvelo de la noche anterior, puede incluir de quince a veinte minutos en la escaladora elípitica, más otros diez minutos de saltar la cuerda, actividad de lo más simple, pero que disfrutas mucho, porque te regresa a la etapa de la infancia, aquella de cuando el juego y la competencia con este elemento se hacía en la calle, de manera individual, o en equipo y, si eras de los más avanzados, pedías a tus amigos que giraran dos largas cuerdas de manera coordinada, para mostrarles el grado de maestría que habías desarrollado, no obstante que sabías que, en un momento determinado, de manera tramposa o traviesa, ellos aumentarían la velocidad y elevarían el punto de giro sobre el piso, para provocar que te enredaras y que finalmente, entre reclamos y risas de todos, perdieras el paso para dar oportunidad en el juego a otro de los saltarines, y resignadamente tomar una de las puntas de las cuerdas, hacerlas girar y esperar, una vez, muchas veces, más, tu turno para seguir saltando hasta que se agotara la tarde. Todo eso pasa en tu memoria, mientras de manera agitada y dificultosa tratas de mantener la rutina aérobica sugerida y tener los beneficios cardiovasculares que realizar tal actividad supone.

Estimulados los músculos y los pulmones, que se traduce en una agitada respiración, reparas en que debes de observar el monitor de frecuencia cardiaca que por recomendación médica llevas, desde hace un par de meses, en la muñeca izquierda: 120 latidos por minuto, estás dentro de rango, no obstante la agitación y el cansancio que sientes. Un poco de estiramientos, sin orden, sin un plan. Esta parte la rutina la prefieres realizar en la terraza, observando cómo el sol termina por ganarle la partida al horizonte y poco a poco comienza a posarse sobre las últimas sombras de la madrugada, en tanto que, poco a poco, comienzas a escuchar el alboroto matutino de los pájaros que han tomado como multifamiliares los árboles de manzana que tiene el vecino, de el que no sabes su nombre, y que están ubicados al oriente de tu improvisado mirador.

Reconfortado, animado, regresas a la habitación para tomar la ducha y una vez que las primeras gotas de agua caen sobre tu rostro, agradeces por despertar sano y comienzas a resolver el verdadero problema cotidiano: cómo transitar o navegar sobre las demás horas que restan del día, en un confinamiento que ha puesto a prueba tu salud física y emocional por más de dos meses. No sabes la respuesta, pero no te apuras. Como lo demás días, lo irás resolviendo a medida que la jornada se vaya desarrollando.

Por lo pronto, lo has iniciado bien. Así lo quieres creer y así te ayuda a sentirlo esa pequeña rutina de ejercicio. Muchos dirán que son los efectos de las endorfinas sobre el cuerpo y el cerebro, pero tú sabes muy bien que es el poder del corazón y la memoria, que abren todos los días una pequeña ventana a tu niñez para escapar por un rato de este encierro, durante sólo diez minutos, mientras dificultosamente saltas la cuerda y sonríes con una media luna en tu rostro, como si estuvieras de nuevo en las calles con tus amigos, a los que, por cierto, nunca has vuelto a ver.

De la vez anterior, que también estaba confinado


30 de mayo de 2020

El 2004 fue un año de encierro para mí. ¿La razón? Jugando fútbol me fracturé los metatarsianos del pie izquierdo, motivo por el cual debí de guardar reposo por cerca de 3 meses y luego, una larga y lenta rehabilitación, que consumió otros seis meses más, hasta recuperar totalmente la movilidad de mi extremidad inferior. ¿Por qué lo recuerdo con tanta claridad? Porque esa es la única fecha en que la Selección Mexicana derrotó al representativo argentino en un torneo oficial, la Copa América en Perú, el 10 de julio de 2004. Por lo que afirmo, sin temor a equivocarme, que en esto de los encierros yo ya cuento con cierta experiencia. Recupero de las semanas posteriores a mi incidente deportivo algunas notas que hice en un cuaderno de papel (sí, cuaderno de papel y escritas con lapicero), que versan sobre cuarentenas obligadas, noches de insomnio y hojas de calendario sin sentido, tópicos parecidos a lo que hoy estamos viviendo de frente a la incertidumbre de regresar, no sabemos cuándo ni cómo, a la nueva “normalidad”.

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Cuando no te puedes mover los días se parecen tanto entre sí, que dirías que estás viviendo cualquier día. No es importante si se llama lunes o quizá viernes, o tal vez domingo. No, todos los días son tan iguales que parece que siempre estás viviendo el día anterior. Por eso, el día en que nuevamente estarás sano, mañana, sientes que tarda mucho en llegar. Mientras tanto, hoy para mí, comienza un nuevo ayer. Espero no repetirme una vez más.

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Hoy ha comenzado una nueva etapa en mi convalecencia. A partir de este momento no más analgésico para mi pie. Hasta el momento no ha habido complicación mayor, solamente el agotamiento de mi rodilla izquierda. Es natural, ésta me ha servido de soporte para la cansada posición hacia arriba de mi extremidad. Espero y la cosa vaya bien. Más que empeño le he puesto paciencia a mi recuperación. Sé que tan sólo he cumplido una semana de las muchas que me faltan, pero al menos ya es mediodía, 12 horas menos por restar al lodoso reloj de arena de la espera.

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He perdido mucho tiempo pensando en el tiempo que me falta por sanar y salir de esta incómoda condición. Tiempo hay de sobra para seguir pensando en él, tiempo necesitan las heridas para curar bien. Así que, habiendo tanto tiempo entre la lesión y la curación, no me queda más que emplear mi mente en temas menos escabrosos que el dichoso tiempo. Ya lo dijo San Agustín: “entiendo perfectamente lo que es… pero si me pide que explique con palabras, entonces simplemente no sé…”. Digo, no estoy como para ponerme a las patadas hoy día, con ninguna persona que desee discutir sobre ello. Por el momento se acabó el tiempo. Es hora de comer.

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Hasta el momento el día ha sido totalmente improductivo. No he contado con la privacidad necesaria para terminar una lectura sobre la revolución mexicana. Por otro lado, ha comenzado a llover y las posibilidades de asomar la cara fuera de este cuarto se diluyen con las gotas de agua que caen del cielo. Es más. Ni siquiera mi indumentaria es la adecuada. Impulsado por el brillante sol de la mañana, creí que lo más pertinente serían una playera y unas bermudas. Ahora, en este preciso momento, siento dolor en la pierna afectada y mucho frío en la otra. No cabe duda, de que se levanta uno con el pie izquierdo, aunque esté enyesado, nada sale de acuerdo a lo planeado.

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Si con las gotas de lluvia me diluyera, desaparecería por la alcantarilla del patio. Ya en colectivo fluvial, me sumaría al lodoso caudal del drenaje de la ciudad para desembocar al río, y un poco más tarde, reposaría en las salitrosas aguas de un lago. Ahí pernoctaría una noche, ya un poco más en calma. De mañana, cuando el sol estuviera en lo más alto de la cúpula celeste, me evaporaría, para transformarme en nube viajera. Tomaría camino con el viento que sople con rumbo a tu ciudad. Justo sobre tu casa, me precipitaría profusamente, para mojarte la cara y el cabello cuando estés descolgando la ropa seca de tu patio, en infinitas gotas de amor en que me he convertido para poder llegar a ti.

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No tiene caso que despierte temprano. Solamente agrego horas inútiles que alargan el ocaso de un día cualquiera. Lo sorprendente es que, aún sin actividad física alguna, en las noches pueda conciliar el sueño en horas tempranas, costumbre extraña de acuerdo a mis caóticos hábitos nocturnos. No obstante, reconozco, que el que duerma más tiempo que el promedio, no significa necesariamente que descanse. Duermo profundo y las emociones y sensaciones son casi tan reales como cuando uno está totalmente consciente. Me angustio, apresuro y estreso con lo que sucede mientras tengo cerrados los ojos. Cuando las situaciones están llegando al límite, una puerta de emergencia me indica, de extraña manera, que son tan sólo sueños y que no me pueden afectar. Llegado el momento de despertar, contrario a mi costumbre, le hago de forma súbita y vertiginosa. En un solo segundo paso de lo irreal a lo verdadero. Invierto todavía algunos minutos tratando de explicarme lo que recién me sucedía en mis sueños. No encuentro respuestas lógicas y eso me preocupa. Por lo tato, sin más preámbulo, me levanto inmediatamente de la cama. Comienzo en el nuevo día tratando de ocuparme lo suficiente para no comenzar la jornada diaria apremiado por mis dudas nocturnas. Así he transitado las noches y los días desde hace más de una semana. Duermo, pero no descanso. De día no hago mucho, y por lo tanto, considero que no hay motivo para sentirme agotado. Sin embargo, puntual,  como cronómetro digital, llego a la cita con mis sueños, y esto es una historia que no le encuentro final. Es irónico, pero por momentos extraño muy frecuentemente en estos días las noches en que mi persona y el insomnio celebraban sendos debates que se prolongaban casi hasta el amanecer. Ni modo. Así somos de complejas las personas. Siempre añoramos estar en una situación contraria a la actual, y cuando lo realizamos, hacemos todo lo posible por regresar al extremo que acabamos de dejar.

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Hoy he tocado fondo en lo referente a la melancolía. Estoy en un punto muy bajo de la cuestión anímica. De hecho, no tengo siquiera la fuerza emocional suficiente para levantarme de la cama. Siento como si en mi pecho tuviera un gran vacío y que entre mis entrañas y lo externo hubiera un fuerte lazo de tristeza, tan fuerte y elástico al mismo tiempo, que me es difícil destruirlo. No tengo ganas de hacer nada, de ver a nadie, de conversar algo. Nada, absolutamente nada. Me da rabia contra mi persona por sentirme así y al mismo tiempo me siento tan ajeno e incómodo con lo que sucede fuera de mi habitación, que lo único que provoco es seguir hundiéndome en océano infinito de angustiante soledad. En este momento soy una carga de energía tan negativa, que puedo ser más sombrío que este cuarto en penumbras.